La aclamada obra cinematográfica de Simón Mesa Soto tendrá una versión de SBS Productions, pero la esencia de nuestra identidad es imposible de imitar
Texto escrito por: Rafael David Barrios
“No tenéis lengua para escribir un Quijote; en el mejor de los casos, podéis tener algún traductor inteligente para haceros ver de lejos lo que es el Quijote”. Sentencia J. Maestro, no sin algo de performance y humor, para referirse a la “superioridad” literaria del español. Esta semana se confirmó que la película Un poeta, dirigida por Simón Mesa Soto, tendrá un remake dirigido por Nathan Silver y producido por SBS Productions. A las personas que están detrás de ese proyecto les repito las palabras de Maestro: no tienen lengua para hacer un poeta.
El primer punto, y quizá el más obvio, es que no hay en el norte global nadie que entienda la derrota como un tercermundista. Perder es una experiencia universal, pero el caldo de cultivo para ser derrotado de una manera tan espectacular como lo hace el personaje que encarna Ubeimar Ríos solo se encuentra en ciertas latitudes. No es, como creerían ellos, que la pobreza, la estructura y las condiciones generales de subdesarrollo condenen al personaje; es algo más profundo y menos maniqueo que eso.
La película evidencia, de manera efectiva, la falta de oportunidades que el arte tiene en Colombia, lo cerrado de los círculos de consagración y la decadencia social en la que se hallan los poetas. Pero no es ese el único ingrediente de la derrota; a ello se suma la incapacidad del personaje para alcanzar aquello que desea y está definitivamente a su alcance: ser un buen padre. La estructura no somete de tal forma al personaje que su campo de acción sea nulo: lo reta, lo antagoniza y él mismo se rinde y se posiciona de una manera casi fetichista en su derrota.
Es la estructura la que oprime al poeta, pero también es el poeta mismo, influenciado por la cultura y la moral de estas tierras, quien no puede salir de los ciclos de derrota. Sólo el tercer mundo comprende esa delicada mezcla entre tener el mundo en contra y también a uno mismo.
Sin embargo, lo que realmente hace imposible que los gringos tengan a Un poeta, es que no tienen a José Asunción Silva. Nathan Silver dice que la película le recuerda a Rimbaud y Nerval, pero, como lo anuncia nuestro protagonista, “no hay poeta que haya alcanzado el virtuosismo de José Asunción Silva”. Los gringos no saben de este bembé, de quemar suela; que porque trajeron los instrumentos, el balón y las letras románticas piensan que saben, pero no, ellos no juegan como uno. En la antropofagia está la clave, ya lo anunciaron en Brasil hace más de un siglo: nos alimentamos de su cultura y producimos algo profundamente nuestro. Silva no es la expresión romántica de los europeos, no es la llana imitación de Shelley o Nerval; es un poeta en propio derecho y uno al que le debemos bastante.
La película leyó a Silva mejor que muchos. El poeta se sabe exiliado de la sociedad —lejos están los patronatos de Montaigne y Leonardo—, pero reconoce que entre el exilio y el autoexilio hay una frontera muy gris. ¿La sociedad expulsó a los poetas? ¿O los poetas, ante la tensión, huyeron a satisfacerse de su exilio? Silva reconoce y apropia esta tensión; ya están lejos las correspondencias de Baudelaire, el poeta no es un sacerdote, no puede hablar con nadie más que consigo mismo y rabiar de su fortuna. Silva permanece en ese juego entre exilio y autoexilio, entre ser derrotado y propiciarse para sí la derrota; ve la belleza en el juego, pero también la sátira del mismo, y la película recoge ese espíritu y lo eleva. No pueden tener Un poeta, no pueden tener un Silva, pero esa no es la verdadera pregunta. La cuestión de importancia es: si nosotros sí tenemos a Silva, a Mesa y a Ríos, ¿nos acercamos a su negra luz?
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