La nueva ley de encuestas sobrerrepresenta territorios bajo presión armada: primero moldean la percepción y luego roban el voto a punta de miedo y fusil
En política, pocas cosas producen más miedo que una cifra mal puesta. Un punto arriba o dos puntos abajo pueden cambiar alianzas, espantar financiadores, disciplinar partidos y fabricar la sensación de que una elección ya está resuelta antes de abrir las urnas. Por eso las encuestas dejaron hace tiempo de ser simples instrumentos de medición: hoy son armas de poder.
Y en Colombia, el petrismo entendió eso mejor que nadie.
La ley de encuestas y la falsa corrección democrática
La llamada ley de encuestas de 2025 fue presentada como una conquista democrática, una supuesta corrección histórica para darle mayor representación a las regiones olvidadas, al voto rural y a las zonas periféricas que durante años fueron subestimadas por las firmas tradicionales. En el discurso sonaba impecable: más país profundo, menos centralismo bogotano.
La pregunta que nadie quiere responder: Pero allí aparece la verdadera pregunta: ¿qué regiones y qué voto rural se está sobrerrepresentando?
Los territorios donde el miedo también vota
No es un secreto que zonas como el Cauca, amplias franjas del Valle del Cauca, el Chocó, el Catatumbo y buena parte de corredores periféricos donde la presencia del Estado es débil siguen siendo fortines históricos de estructuras armadas ilegales, disidencias de las FARC y frentes del ELN, territorios donde la presión política no siempre se expresa en libertad sino bajo intimidación, control territorial y economías criminales. En muchos de esos escenarios, el discurso de la llamada “paz total” impulsada por Gustavo Petro y defendida por Iván Cepeda, uno de sus principales gestores políticos, ha convivido no con la disminución de la violencia, sino con su expansión, con mayor permisividad institucional y con una preocupante legitimación de actores armados.
Principio del formulario
Final del formulario
No todas las encuestadoras son iguales
Y mientras eso ocurre, el ciudadano común sigue creyendo que todas las encuestadoras son iguales, que todas dicen la verdad y que el titular de portada equivale a una sentencia electoral.
Nada más ingenuo.
Firmas como Invamer o el Centro Nacional de Consultoría mantienen metodologías presenciales más costosas y más sólidas, donde el trabajo de campo permite llegar a una muestra social más amplia. Otras como Guarumo, Datexco o YanHaas operan desde la velocidad telefónica, útiles para capturar el momento político, aunque más vulnerables al sesgo de respuesta. Y las digitales como AtlasIntel o GAD3 ofrecen sofisticación algorítmica, pero también dependen del universo limitado de quienes viven conectados.
Por eso no basta con leer el resultado: hay que entender cómo se produjo.
Cuando la precisión incomoda al poder
El problema no es que existan encuestas, sino cuáles se desacreditan y cuáles se protegen según convenga al poder. Porque si todas fueran simples instrumentos de manipulación, no habría explicación para casos como el de AtlasIntel, una firma que ha demostrado aciertos notables en Colombia y en varios países de América Latina y Europa.
Acertó en la elección de Alejandro Eder en Cali, en la gobernación de Antioquia con Andrés Julián Rendón, en el posicionamiento de Juan Daniel Oviedo en Bogotá, y también en procesos recientes de Argentina, Chile e incluso Hungría.
Eso demuestra algo simple: no todas las encuestas son propaganda, pero sí todas deben ser examinadas con rigor. La diferencia está en la metodología, en la transparencia y en la independencia frente al poder político.
Por eso resulta llamativo que, en lugar de estudiar por qué algunas firmas aciertan más que otras, ciertos sectores prefieran hablar de sanciones, investigaciones y hasta posibles multas. Es la vieja historia del hijo enseñándole al padre a hacer hijos: cuando una nueva metodología desnuda las limitaciones de las viejas estructuras, el establecimiento no siempre responde con autocrítica, sino con castigo.
El problema no es la encuesta que acierta. El problema es la encuesta que incomoda..
El voto silencioso que no cabe en las encuestas
Pero incluso esa estrategia tropieza con una realidad que las encuestas rara vez logran capturar: el voto silencioso.
En muchas regiones de Colombia la gente no responde lo que piensa. Responde lo que considera prudente. Bajo presión armada, bajo miedo institucional o simplemente bajo el peso de la polarización, muchos ciudadanos callan su verdadera preferencia electoral. Contestan por supervivencia, no por convicción.
Al final no ganan en las urnas, ganan en el miedo: primero inflan la encuesta, después silencian al elector y, con cinismo impecable, lo llaman democracia.
Ni un voto por el sepulturero de Cepeda. Petro al lado del heredero es un niño de brazos
Del mismo autor: La Constitución no es un juguete presidencial para acosarla y manosearla
Navegación de entradas

