Análisis de la pobreza en Córdoba, cuestionando la romantización de la supervivencia y exigiendo verdaderas oportunidades laborales dignas
Texto escrito por: Sindy Vargas Licona
En Córdoba la pobreza no es un concepto que se explique en un informe. Es una realidad que se ve todos los días, en la calle, en los cuerpos y en la forma en que la gente sostiene la vida.
Basta caminar por Montería o por cualquier municipio del departamento para reconocer escenas que se repiten. Adultos mayores vendiendo dulces, agua o frutas bajo el sol. Niños acompañando jornadas de venta informal. Familias enteras viviendo del reciclaje, recorriendo largas distancias para reunir lo suficiente y venderlo a precios mínimos. No son casos aislados. Son parte de una misma realidad.
El problema es que estas escenas dejaron de sorprender. Se volvieron paisaje. Y cuando algo se vuelve paisaje, deja de incomodar y empieza a parecer normal, incluso cuando no lo es.
A veces se les llama emprendimiento. A veces se celebran como actitud o como creatividad del Caribe. Ese lenguaje no es inocente. Sirve para cambiar la forma en que se nombra el problema y, con eso, evitar discutir sus causas. Porque esto no es una historia de superación individual. Es el resultado de un mercado laboral que no ofrece suficientes empleos dignos, estables y con derechos, y que empuja a miles de personas a resolver el día a día como puedan.
En ese contexto, el rebusque aparece como solución, pero en realidad es síntoma. No es una elección libre, es la forma en que se responde a la falta de alternativas. Cuando el empleo no alcanza, la gente no deja de trabajar. Trabaja más, en peores condiciones y con menos garantías.
Eso se ve con claridad en la vejez. En Córdoba, envejecer se está pareciendo cada vez más a volver a empezar. Muchas personas llegan a esa etapa sin pensión y sin ingresos estables, después de haber trabajado toda la vida. No porque no hayan hecho lo suficiente, sino porque el tipo de trabajo al que tuvieron acceso nunca garantizó protección ni futuro. Lo que debería ser descanso se convierte en exposición permanente. Vender bajo el sol, aguantar jornadas largas, depender de lo que deje el día.
También se expresa en la infancia. La presencia de niños en estas dinámicas no es anecdótica. Muchas veces están ahí porque no hay con quién dejarlos, porque el ingreso del hogar no alcanza o porque todos deben aportar algo. Cuando eso se vuelve parte de la vida cotidiana, lo que se transmite es que el trabajo no es un derecho con garantías, sino una obligación sin condiciones.
El reciclaje muestra otra cara del mismo problema. Se presenta como una práctica ambientalmente valiosa, y lo es, pero en Córdoba cada vez más personas viven de eso porque no tienen otra opción. Caminan kilómetros, cargan peso, compiten por materiales que se pagan a precios mínimos y se exponen a riesgos constantes. No es una actividad elegida en igualdad de condiciones. Es una salida forzada en una economía que no absorbe a todos.
Todo esto tiene un punto en común. La informalidad no es marginal, es la base sobre la que funciona buena parte de la economía local. Y cuando la informalidad se vuelve norma, la precariedad deja de ser excepcional. El ingreso es incierto, el descanso es escaso, el futuro depende de lo que pase cada día. No hay contrato, no hay estabilidad, no hay protección. Hay rebusque.
Por eso resulta problemático explicar la pobreza como si fuera consecuencia de decisiones individuales. En Córdoba la gente trabaja, y trabaja mucho. Lo que ocurre es que lo hace en condiciones que no garantizan una vida digna. Sostiene economías invisibles que permiten que la ciudad funcione, mientras sus propias condiciones de vida se vuelven más frágiles.
La pobreza, entonces, no es cultural ni una cuestión de actitud. Es estructural. Tiene que ver con el tipo de empleo que se genera, con quién accede a él y en qué condiciones. Tiene que ver con quién logra estabilidad y quién queda atrapado en la incertidumbre. Con quién envejece con protección y quién envejece trabajando. Con qué infancias se cuidan y cuáles se incorporan temprano a la lógica de la supervivencia.
Decir esto no es hablar mal de Córdoba. Es negarse a romantizar una realidad que exige ser transformada. Porque mientras se siga nombrando como resiliencia lo que en realidad es precariedad, el problema seguirá sin enfrentarse. Córdoba no necesita más relatos sobre capacidad de adaptación. Necesita empleo digno, estable y con derechos. Necesita que trabajar no sea sinónimo de sobrevivir.
No es normal que los adultos mayores tengan que seguir trabajando para comer. No es normal que los niños crezcan viendo el rebusque como destino. No es normal que el reciclaje sea la única opción para tantas familias. No es normal que el cansancio se vuelva forma de vida.
Córdoba se rebusca porque el empleo no alcanza. Nombrarlo no resuelve todo, pero sí permite empezar a discutir lo que durante mucho tiempo se ha preferido no ver.
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