OPINIÓN | ¡Nos acostumbramos a que aquí se vale de todo!. Por: Luis Guillermo Echeverri.

OPINIÓN | ¡Nos acostumbramos a que aquí se vale de todo!. Por: Luis Guillermo Echeverri.

Ayer me dijo un herrero: – “Dotor ustedes, es que no sabían que en la política el baile es criar cuervos para que le saquen los ojos a uno, ¿o qué? Cuánta razón tenés hombre Tulio…
Nos merecemos lo que se nos viene por desentendidos ante el cinismo y los abusos éticos en el manejo del Estado, la política y las instituciones en general. Si el mundo está mal, nosotros somos el caso más notorio y ni nos avergüenza. No somos capaces ni de velar por los indefensos.

Nos convertimos en un narcoestado y una “sociedad lavandera”, que solo la mueven las conveniencias individuales; cobarde, cómoda, vendida, habladora de paja, solapada, carente de propósito patrio, de principios elásticos con una dirigencia que le rinde pleitesía “al metal de vos”. Adoptamos por marco moral el engaño mercantilista caribeño que vino del oriente medio, se mezcló con el clasismo encomendero, la envidia chapetona y el resentimiento de la servil malicia indígena que nunca mira a los ojos y vive de los narcos, de lo ajeno y del Estado.

No hemos tocado fondo. Aquí la trampa y la maña se volvieron símbolo de verraquera. Adulamos la ordinariez propia de la fullería cuando es gruesa la chequera. Nos hicimos a la cultura mafiosa por la que nos conocen por Netflix. Es una cultura que doblega los principios montañeros de los arrieros que transportaron encomiendas, oro y valores honradamente, gentes hechas de una honestidad a toda prueba, hombres y mujeres que prefirieron levantar familias dignas, pobres pero honradas, a quitarle un grano a una tusa ajena o chuparse una fruta caída sin pedir permiso. Arrieros acostumbrados a rendir cuentas y entregar la devuelta, que solos se valían de sus bestias, su perrero, una mulera, el carriel, sus rejos, un pial, las enjalmas y una peinilla.

Parece que todo nos vale huevo, pero no queremos perder el libertinaje anárquico que nos lleva a perder la libertad. Reemplazamos orden por irresponsabilidad. Machacamos la igualdad al confundirla con la equidad como justa medida, desvirtuando el funcionamiento de la justicia y el sentido común. Olvidamos la razón de ser del Estado de Derecho y quebramos el cristal que guardaba los valores democráticos.

Al mal obrar se le denomina “supuesto” pues no hay justicia que lo confirme, y así muchos medios sirven de instrumento difamatorio, otros están fletados por la pauta Estatal y hacen apología del delito, y otros tratan con temeroso respeto y hasta flamean los egos de ladrones de cuello blanco sedientos de figuración. Ya la información no educa, nos vuelve insensibles. Los héroes que figuran en las portadas son delincuentes, asesinos, secuestradores y violadores indultados “i”lícitamente. La sanguinaria violencia narcoterrorista asesina humildes seres inocentes y candidatos sin derechos humanos, y el Estado calla tanto como la iglesia y los gremios.

Nos prodigamos ante un presidente degenerado que promueve el narcoterrorismo con el engaño de la paz total (II), y que expropia los bienes y los ahorros a los particulares, mató la salud del pueblo y permite el robo abierto al erario de sus camaradas, amigos, jíbaros y familiares. Un ser indolente, que espantó la inversión, y trituró: la economía, el sector productivo, la dignidad del soldado, y el futuro de la gente indefensa que engaña con la limosna pública.

¿Habrá alguna duda de que las organizaciones criminales se tomaron las fronteras, gran parte del territorio y hoy están infiltradas en todo el espectro burocrático Estatal?

Entre tanto, como si aún fuéramos una democracia funcional, sigue el circo electoral donde sobran ilegales y felones; está inexplicablemente compartido con el narcocomunismo apalancado en el aparato propagandístico del Estado. Y en ese circo-teatro de la demagogia discursera parecen relativizarse la diferencia entre el bien y el mal, las buenas y las malas intenciones, lo correcto y lo indebido, lo legal y lo ilegal, lo auténtico y lo chiviado, la mentira y la verdad, el compromiso y el desinterés, y entre la mediocridad y el profesionalismo responsable.
Perdimos el propósito de país, esa voluntad de entrega al bien común que nos permitió entrar en este siglo como nación democrática a pesar del efecto negativo de la subversión y el narcoterrorismo. Se ha hecho costumbre elegir entre lo menos peor, un problema cultural y estructural que no se arregla con discursos porque este país hoy es totalmente ingobernable política, social y económicamente. La única que no negocia con el narcotráfico es una democracia fundamentada en una justicia implacable que aquí ya no tenemos, y entre tanto, la ambición desmedida e irresponsable de poder de unos pocos es la ruina de todos.