Dice una parábola judía que un día la Mentira y la Verdad se encontraron en el camino, se habían visto una y otra vez en diferentes momentos, pero no eran amigas, entonces, la mentira que parecía confiable, aunque olía raro; invitó a la verdad, que estaba finamente vestida y siempre olía bien; a bañarse en el río.
La mentira, se quitó sus ropas sucias y dejo ver su cuerpo descompuesto, eso respondía al extraño olor, le dijo a la verdad que el agua chapuseante estaba refrescante y deliciosa, así que en ese camino polvoriento caluroso, la verdad casi que obligada por el cansancio y además, porque no le teme a nada y es confiada, se quitó sus hermosas ropas y entró al agua.
Entonces, la Mentira que es prima hermana de la traición, aprovechó un descuido de la verdad confiada, y se salió del agua, y, en un santiamén, se vistió con las ropas de la Verdad y se fue.
Fue todo tan rápido que la verdad no pudo reaccionar, al verse traicionada se quedó por horas en el agua esperando a que la mentira volviera, pero una mentira jamás recorre dos veces los mismos caminos, mucho menos cuando se viste como la verdad.
Desilusionada y con las manos arrugadas, salió del agua. Al ver las ropas inmundas de la mentira, que siempre huelen mal, se negó rotundamente a cubrirse con ellas, pues claro, ¡podría volverse una falacia!, así que no acepto aquellas circunstancias y prefirió caminar desnuda antes que, putrefacta, con las ropas de la mentira. Al fin y al cabo, no tenía de qué avergonzarse, porque el cuerpo de la verdad, la verdad es que, es liberador.
Entonces como ella es valiente, pues es nieta materna de la justicia y paterna de la gallardía, salió desnuda a caminar. Pero algunas gentes, seguramente familiares del miedo; al ver la verdad desnuda, huían, preferían no verla, la ignoraban, se cambiaban de camino, bloqueaban sus comentarios dirían hoy, la silenciaban, emigraban cuando la veían venir.
La parábola es mucho más vieja: nace de la tradición oral judía y en las Americas el gran Nicolas Buenaventura la ha dado a conocer, pero volvamos a la enseñanza de la parábola: La moraleja no es que la verdad necesite disfrazarse. Es que sobrevive siempre. Lo que cambia es si alguien le permite caminar y eso es exactamente lo que está en juego cuando se habla de libertad de expresión por estos días.
La libertad de expresión es el derecho fundamental de manifestar ideas, opiniones y hechos sin persecución ni silenciamiento. El derecho de la Verdad a caminar desnuda sin que nadie la persiga, consagrado en el artículo 20 de la Constitución, en la Declaración Universal de Derechos Humanos y en la Convención Americana. No es invento de izquierdas ni derechas. Es conquista de la humanidad entera.
¿Tiene límites? Sí. En el lenguaje jurídico ese proceso se llama ponderación: evaluar cuándo un derecho cede frente a otro de igual o mayor peso. La libertad de expresión cede ante el discurso de odio que incita violencia o discriminación, y ante la apología del delito. Esas son las únicas ropas que la Verdad debe vestir: las que impiden que su desnudez haga daño.
Pero en Colombia, hoy, asistimos a algo distinto. No es que la Verdad camine desnuda y algunos huyan por pudor. Es que han intentado vestirla a la fuerza con ropas que no son suyas. Si ese tiempo en que la Verdad caminaba se aplicara a nuestro hoy, encontraríamos que alguien, hijo de la batalla y nieto del pueblo, hablaría sin temor. Denunciaría la corrupción, señalaría a los poderosos, nombraría a los intocables.
Y entonces las élites sacarían todas sus mejores mentiras, bien vestidas, usarían los códigos y la apariencia del buen derecho como mordazas. Los juzgados como cárceles del pensamiento. Las demandas como armas de guerra política. Confundirían crítica política o alerta democrática con delito. Confundirían denuncia pública con peligro, denuncia legítima con injuria. Confundirían el ejercicio constitucional de la palabra con exceso peligrosista.
La Verdad tiene el derecho y el deber de caminar desnuda, así se incomoden los parientes del miedo.
¿Se debe tener prueba implacable para decir la verdad? La respuesta es NO, la Verdad tiene el derecho y el deber de caminar desnuda, así se incomoden los parientes del miedo.
La Corte Constitucional ha sido enfática: las figuras públicas tienen mayor carga de tolerancia a la crítica pero también tienen un, deber poder con la verdad, y es que la deben decir, le deben abrir camino para que ella camine libre. El debate político robusto está constitucionalmente protegido. Quien asume poder público acepta que su gestión sea escrutada, cuestionada, denunciada y a la vez garantizada, la verdad debe ser dicha sin recato publico
La estrategia de estos días para callarla es artimaña de vieja data: si la Verdad no puede caminar desnuda, que no camine, pero entonces solo veríamos en los caminos a la mentira bien vestida, y yo no quiero ser amigo de la mentira. Si no pueden rebatir sus argumentos, entonces que los declaren ilegales. Si no pueden desmentir lo que dice, entonces que lo conviertan en un crimen o en exceso decirlo, que la censuren.
Pero olvidan que la Verdad, como en la parábola, es nieta de la justicia y de la gallardía. No se deja vestir con ropas sucias. Sigue caminando desnuda, porque sabe que al final, siempre sobrevive. Y nosotros, los que creemos en la Constitución, ahora, debemos defender la verdad desnuda, pues somos hijos de la democracia.
Del mismo autor: Los fariseos
@HombreJurista
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