A los pies del Monte Ararat, allí donde la Biblia asegura que Noé ancló su gran nave después del Diluvio Universal y donde el horizonte parece detenerse en una línea casi perfecta entre la tierra y el cielo, se alza el monasterio fortificado de Khor Virap, lugar de peregrinaje y sitio sagrado para la Iglesia Apostólica Armenia. Su silueta sobria, de piedra oscura y formas rotundas, se hace pequeña frente a la inmensidad del paisaje circundante. Pocos lugares en el mundo concentran tanta historia, tanta emoción y tanta belleza en un solo golpe de vista.
Te lo resumo en este vídeo que he publicado en Instagram:
Visita obligada
Khor Virap es una de las visitas imprescindibles de cualquier viaje a Armenia. Está situado a unos 30 kilómetros de Ereván, la capital, muy cerca de la frontera con Turquía. El acceso es sencillo y, salvo en días muy nublados, el visitante puede disfrutar una de las estampas más icónicas del país. Pero no te vayas muy lejos. El monasterio está situado a menos de 500 metros de la frontera turco-armenia (cerrada con vallas y alambre de espino), un conflictivo lugar que protegen militares rusos desde altas torretas de vigillancia, perfectamente visibles desde el complejo monacal.
El Monte Ararat (5.137 metros), un inmenso volcán inactivo con la cima siempre cubierta de nieves perpetuas, domina todo el paisaje. Aunque hoy pertenece a Turquía, sigue siendo el gran símbolo nacional armenio. Y también su gran pena. La frontera fue definida tras la Primera Guerra Mundial por Vladimir Lenin y Mustafa Kemal Atatürk, dejando esta montaña histórica fuera del territorio de Armenia, a pesar de su inmenso peso cultural.
Prisión con serpientes y escorpiones
El complejo monástico de Khor Virap tiene un gran valor histórico y religioso. Durante miles de años fue un lugar de culto pagano, un sitio muy especial, para luego convertirse en el primer lugar sagrado de la Armenia cristiana, situado en el emplazamiento de la antigua capital de Armenia, Artashat.
Aquí estuvo encarcelado durante 13 años Gregorio el Iluminador, considerado el fundador y santo patrón de la Iglesia apostólica armenia. Según la tradición, fue él quien convirtió al rey Tirídates III y promovió la adopción del cristianismo en Armenia, que el año 301 pasó a ser el primer reino en declararlo religión oficial.
Su lugar de cautiverio es una profunda prisión subterránea que es posible visitar si no sufres claustrofobia, un estrecho pozo que según la tradición estaba lleno de serpientes y escorpiones venenosos. Se accede por una estrecha escalera metálica que desciende vertical a un espacio oscuro y húmedo, una experiencia que impresiona por su dureza. Precisamente de este lóbrego lugar viene el nombre del monasterio, pues Khor Virap significa «pozo profundo».
Para hacerlo aún más impresionante, en el interior de la iglesia es habitual escuchar música religiosa armenia, propia de la liturgia ortodoxa, que junto con los iconos iluminados por cientos de velas refuerzan la atmósfera espiritual del lugar.
Entre historia y viñedos
El monasterio actual combina elementos defensivos y religiosos, pues era un punto estratégico en antiguas rutas comerciales, vinculadas a la Ruta de la Seda. Se dice que Aníbal Barca valoró este enclave por su posición dominante sobre el territorio. Y que Marco Polo pasó aquí dos días durante su viaje al lejano imperio mongol de Kublai Kan.
Pero este paisaje también se bebe. La llanura del Ararat, de suelos volcánicos y clima seco con fuertes contrastes térmicos, ha sido durante milenios un territorio propicio para el cultivo de la uva. Armenia suele reivindicarse como una de las cunas del vino, y en esta zona esa tradición sigue muy viva. Muchas de las variedades que se cultivan aquí son autóctonas y apenas han cambiado con el paso del tiempo.
Entre las uvas tintas destaca la Areni, probablemente la más emblemática del país, capaz de dar vinos equilibrados, afrutados, con buena acidez y notas especiadas. En blancas, variedades como la Voskehat o la Kangun ofrecen perfiles frescos y aromáticos, muy adaptados a las condiciones locales. Todas ellas son cepas muy resistentes, acostumbradas a veranos intensos y a inviernos fríos, que han evolucionado en este entorno tan duro durante mas de 6.000 años.
El resultado son vinos con personalidad propia, alejados de estándares internacionales, que forman parte de la identidad cultural armenia tanto como sus monasterios o su música. En los alrededores de Khor Virap no es difícil encontrar pequeñas explotaciones familiares donde se mantiene una viticultura tradicional. Algunas incluso permiten degustaciones informales, una buena forma de completar la visita.
Khor Virap es uno de esos lugares donde se entiende hasta la emoción esa relación tan estrecha entre paisaje, geografía, historia y cultura que hace inolvidable el viaje a las viejas tierras del Cáucaso. ¡Te lo recomiendo!

