Una guerra sin pies ni cabeza

Una guerra sin pies ni cabeza

Hay decisiones políticas que revelan su inconsistencia casi al ejecutarse. El ataque de EEUU contra Irán iniciado hace algo más de dos semanas pertenece a esa categoría: una operación de contornos difusos, objetivos inciertos y sin estrategia de salida. Una guerra sin pies ni cabeza.

El régimen de Teherán no es un actor inocuo. Su política regional, su programa nuclear y su red de milicias aliadas llevan décadas alimentando tensiones. Pero reconocer el problema no justifica cualquier respuesta, menos aún una concebida con más bravuconería que estrategia, o solo para satisfacer a Israel y a su primer ministro, Benjamin Netanyahu. ¿Qué pretende Washington? ¿Debilitar el aparato militar iraní? ¿Impedir que se dote de la bomba atómica? ¿Provocar la caída de los ayatolás? Cada meta exigiría una planificación distinta y un horizonte político claro. Las sucesivas declaraciones de Donald Trump siguen sin aclarar nada. Hace unos días, proclamaba la victoria total. Ahora pide una flota internacional para proteger el paso por el estrecho de Ormuz. Su lógica resulta tortuosa: la guerra ya se habría ganado, pero al mismo tiempo exige una gran coalición naval para hacer frente a los bombardeos de Irán.

A menudo se repite que el inquilino de la Casa Blanca actúa como un niño de 10 años. La comparación es indulgente. Lo inquietante aquí no es la inmadurez, sino una mentalidad amoral, egocéntrica y caprichosa, poco inclinada a medir las consecuencias. En palabras literales suyas, la acción militar —como hundir barcos, matar tripulantes o volver a atacar la isla de Kharg— puede adoptarse por «diversión».

Sin objetivos definidos, lo más probable es que la guerra no tenga un final claro, como advierte en 20minutos el exembajador español en Irán Ángel Losada. Además, sus consecuencias económicas pueden ser devastadoras. El alza del petróleo amenaza con disparar la inflación, también en EEUU. La traducción política es simple: en noviembre se celebran las elecciones de medio mandato y los norteamericanos votarán pensando en la cartera. Si sube la gasolina y la cesta de la compra se encarece, las aventuras en Oriente Medio pasarán a percibirse como errores costosos.

La paradoja es evidente. Al desencadenar una crisis inflacionista, Trump debilita las expectativas del Partido Republicano. Una forma peculiar de preparar unas elecciones. Salvo que, en la mente del presidente, cuyo proceder es el de un autócrata, empiece a abrirse paso otra tentación: impedir que esos comicios se celebren en condiciones plenamente democráticas.

El ataque contra Irán transmite improvisación y frivolidad. Una combinación inquietante: quien juega a la guerra no es un comentarista de televisión, sino el presidente de la mayor potencia del mundo.

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