
No es un restaurante de lujo, ni pretende serlo. Tampoco es un sitio diseñado para salir en rankings de alta gastronomía. Lo que busca Amets es algo mucho más simple y, probablemente, más efectivo en el Madrid gastronómico actual: que la gente vuelva. En un barrio como Conde Duque, lleno de oferta culinaria, el proyecto del chef Diego Sánchez ha encontrado su espacio apostando por una idea que muchos restaurantes olvidan: comer bien, sin espectáculo, a precios todavía razonables para la ciudad y con platos que no cambian la carta cada semana solo por generar ruido en redes.
El verdadero atractivo de Amets no es un plato estrella, sino la coherencia. La razón por la que la gente va: comer bien, sentirse cerca de la cocina. Lo que más sorprende al llegar es el ambiente. No hay formalidad excesiva. La sala funciona casi como una gastroteka contemporánea: ruido moderado, servicio cercano y el chef participando en la experiencia gastronómica.
La clientela es muy diversa. Hay vecinos del barrio, parejas jóvenes que buscan algo especial sin pagar menús degustación caros, y aficionados a la gastronomía que quieren probar cocina vasca contemporánea sin viajar al norte de España. El restaurante se sostiene sobre tres pilares: producto de temporada, técnicas aprendidas en cocina internacional y el recetario vasco reinterpretado desde la memoria familiar del chef
Sánchez, que se formó en el Basque Culinary Center y trabajó en cocinas de alta exigencia en Europa y América, decidió abrir su propio proyecto tras años cocinando en entornos de alta presión, incluyendo experiencias como chef privado en contextos de lujo internacional. Su objetivo actual es casi opuesto: cocinar para una ciudad, no para un cliente exclusivo.
La carta de invierno: comida que reconforta
La carta de enero 2026 refleja claramente el invierno madrileño. Hay mucha presencia de salsas, cremas y platos calientes. Nada de minimalismo frío ni de cocina experimental excesiva.
Uno de los platos más simbólicos es la crème brûlée de calabaza con crema agria (5 €). No es un postre revolucionario, pero funciona porque combina dulzor, grasa láctea y textura crujiente. Otro plato muy pedido es el tartar de vaca madurada con holandesa de tuétano y brioche tostado (8 €), donde destaca la calidad de la carne y la untuosidad de la salsa, un recurso clásico de la cocina francesa que Sánchez adapta a su cocina.
La milhojas de patata con trufa de invierno (7 €) es uno de esos platos que se han convertido en emblema del restaurante porque los clientes no dejan que desaparezca de la carta. En el apartado vegetal, la piperrada a la llama con espuma de mozzarella y anchoa (14 €) muestra uno de los rasgos más interesantes del restaurante: el uso del fuego como herramienta de sabor y no solo como método de cocción.
Mar y tradición: el ADN del proyecto
La cocina de mar es probablemente la sección más sólida del restaurante. Las kokotxas de bacalao al pil pil con alcachofas (22 €) representan la cocina vasca clásica bien ejecutada, sin reinterpretaciones radicales.
Más arriesgada es la merluza de pincho a baja temperatura con chocolate blanco y coliflor (25 €), un plato que genera opiniones divididas. Algunos clientes aman el contraste dulce-salado; otros prefieren la versión más tradicional del pescado.
Los txipirones en su tinta con chipotle (20 €) son un ejemplo de la influencia internacional del chef. El picante no domina el plato, sino que añade profundidad aromática.
Carne, caza y cocina más personal
El ciervo a la brasa con alubias de Tolosa y chorizo de ciervo (25 €) es probablemente el plato más narrativo del menú. No es solo cocina de caza; es también un guiño a la identidad cultural vasca y al producto de proximidad. Sánchez ha comentado que quiere seguir desarrollando esta línea en futuras temporadas.
La txuleta a la parrilla con ceniza de puerro y soja (22 €) mantiene el vínculo con la tradición del norte, pero introduce influencias asiáticas en las salsas.
El apartado dulce es corto, pero efectivo. El chocolate negro con romero y aceite de oliva (9 €) funciona como postre adulto, mientras que la reinterpretación de la pantera rosa (8 €) aporta un punto nostálgico que conecta con una clientela joven. El menú no busca ser largo. La filosofía del restaurante es clara: menos platos, pero mejor ejecución.
Vinos, bodega y producto local
La bodega cuenta con unas 60 referencias, con especial peso de vinos ecológicos y pequeños productores. Destacan los vinos del País Vasco y los txakolis, además de una carta de 18 vinos por copas, algo que permite a los clientes experimentar sin comprometerse a una botella completa.
También hay cervezas artesanales de pequeños productores cercanos al chef, reforzando la idea de proyecto gastronómico de proximidad.
Lo interesante de Amets es precisamente lo contrario a lo que suele triunfar en redes sociales. No hay platos pensados para viralizarse, ni una decoración excesiva.
El interior utiliza estética de taberna contemporánea con ilustraciones de mitología vasca y paisajes marineros, buscando coherencia con la narrativa culinaria. El resultado es un restaurante que crece de forma orgánica, basado en la repetición de clientes más que en el impacto mediático.

