una temporada 2 con el mismo nervio y algunos giros inesperados

una temporada 2 con el mismo nervio y algunos giros inesperados

El infiltrado, la serie original, nació al abrigo de AMC. Se basaba en una novela homónima —titulada originalmente The Night Manager— de John Le Carré, que había pasado muchos años en un cajón. Susanne Bier le imprimió un carácter especial, una mirada muy atenta a los personajes que convertía la trama de espionaje en algo que se vivía a flor de piel. Fue considerada una de las mejores miniseries de la década, se hizo con tres Globos de Oro, un Emmy, un Satellite y tres BAFTA. Hasta tuvo un remake indio con Aditya Roy Kapoor y Anil Kapoor.

Diez años después, El infiltrado vuelve con una segunda temporada. Ahora la produce Amazon Prime Video. La huella de Le Carré se nota menos porque la trama se independiza de la novela. Y el testigo de la ganadora del Oscar, Susanne Bier, lo recogen la directora británica Georgi Banks-Davies, responsable de series como Kaos o Paper Girls, junto con el guionista colombiano Esteban Orozco.

La nueva temporada de El infiltrado parece haber hecho de la necesidad virtud, y ha aprovechado narrativamente los casi diez años que separan una temporada de la siguiente. Ahora nuestro protagonista, Jonathan Pine —un Tom Hiddleston que retoma el rol con ganas—, trabaja como ‘night owl’, una unidad de vigilancia del MI6. El servicio de inteligencia británico lo cuenta entre sus filas con una nueva identidad, ahora se llama Alex Goodwin.

Nueva misión, nuevas identidades

Han pasado nueve años desde que Pine/Goodwin dejase su puesto de gerente nocturno de un hotel de lujo en El Cairo para infiltrarse en la organización criminal del magnate y traficante de armas, Richard Roper —papel por el que Hugh Laurie volvió a ganar el Globo de Oro diez años después de House—. Ahora vive una vida nocturna revisando cámaras de seguridad y haciendo seguimiento de personas clave para el MI6. Su unidad no tiene capacidad de intervención ni puede arriesgar activos humanos en operaciones encubiertas.

Sin embargo, cuando en una escucha en Londres aparece de nuevo el nombre de Richard Roper, las alarmas de Pine se encienden. Un hombre llamado Teddy Dos Santos se presenta como ‘el sucesor’ de Roper, supuestamente asesinado en la trama en 2019, cuatro años después de que Pine le tendiese una trampa para capturarlo en la primera temporada.

Decidido a llegar hasta el fondo del asunto, Pine se embarca en una aventura en solitario, al margen del MI6, para infiltrarse en la organización colombiana de Dos Santos. Interpretado por un ambiguo y oscuro Diego Calva, este nuevo ‘villano’ carece del magnetismo de Richard Roper, convertido ahora en un fantasma, una obsesión de la que Pine no puede escapar.

Conscientes de ello, los responsables de la serie parecen haber querido optar por renovar la confianza del espectador con una secuela que mantiene la identidad pero cambia las caras —muy de espías, el asunto, si se piensa—. En lo formal, El infiltrado se mantiene tensa, absolutamente centrada en infundir vigor mediante un montaje brillante que sigue siendo de lo mejor de la serie.

Cabe decir que el espectador español cuenta con una ventaja disfrutable para paladares que se dejen: la diversión íntima que produce ver a actores patrios metidos en producciones internacionales carísimas, cobrando por hacer de latinos chapurreando inglés. En la primera temporada, Antonio de la Torre daba vida a un traficante madrileño llamado Juan Apóstol, mientras que Hovik Keuchkerian salía en todos los episodios como brazo armado de Roper, aunque contaba con tres frases sumando todo el metraje.

En esta ocasión sorprende ver al actor de Vitoria Unax Ugalde haciendo de latin lover talludito y lleno de secretos. Ugalde da vida a Juan Carrascal, contable de Dos Santos y gestor en la sombra de todos sus negocios. Tambien se celebra la participación de Alberto Ammann, argentino nacionalizado español que da vida al fiscal Alejandro Gualteros. Qué curioso que Ammann ahora persiga a Diego Calva, cuando Calva interpretó en 2025 el mismo personaje que Ammann en 2009, en el remake serializado de Netflix de Celda 211.

El espionaje como juego de trileros

Es bueno avisar de que esta nueva temporada de El infiltrado no cuenta con el background emocional de la primera: los orígenes de Jonathan Pine, el asesinato de Sophie Alekan, la vulnerabilidad de Jed Marshall, la estrecha relación entre el protagonista y Angela Burr –siempre maravillosa Olivia Colman–… todo estaba dispuesto para sentir emocionalmente lo importante que era la captura de Richard Roper.

La vinculación emocional con el equipo que sigue las órdenes de Pine en esta segunda temporada es nimia, por eso cuando todo empieza a irse al garete no sentimos el vértigo de antaño. La ausencia de Colman y la pronta retirada del personaje de Douglas Hodge tampoco lo dejan fácil en los primeros episodios. Y añadimos que los personajes de Diego Calva y Camila Morrone parecen un tanto huecos, no así los de Indira Varma o Hayley Squires.

Por eso resulta tan sintomático, y tan inteligente, empezar la segunda temporada, precisamente con la identificación del cadáver de Roper: a partir de ahora pasaremos a explorar la obsesión y el trauma de Pine con quien fue su falso jefe. Pues la serie sigue versando sobre la dupla Pine-Roper, aunque el segundo no esté presente.

Convertidos los guionistas en una suerte de trileros que impiden al espectador saber dónde está la bola, y sorprendiéndolo cada vez que este apunte alguna posibilidad de resolución, El infiltrado mantiene lo que hacía brillar a la primera, alterando algún detalle que en el fondo beneficia al nuevo conjunto. Puliendo una fórmula a la que le queda mucho fuelle y de la cual, si acaso, se puede criticar que sea tan evidente. Pero como lo cortés no quita lo valiente, El infiltrado sigue siendo una delicia para cualquier amante del género.

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