Situada a poco más de una hora de Bruselas y a media de Gante (otra maravilla que merece mucho la pena disfrutar) Brujas es uno de los destinos más visitados de Bélgica y no es de extrañar, ya que lo tiene todo. El encanto de las pequeñas ciudades que se visitan fácilmente, plazas llenas de historia y canales entre casas de colores por las que apetece pasear una y otra vez, sumado a su rica historia convierten a esta ciudad en uno de esos sitios que hay que visitar una vez en la vida.
Lo que no tiene Brujas son brujas con escoba y tampoco con pociones mágicas. Lo del nombre es una curiosidad más de una ciudad donde la leyenda y la historia se dan la mano en demasiadas ocasiones. Su nombre procede del término flamenco «Brugge», emparentado con la palabra neerlandesa «brug». Ambas se podían traducir por puentes o muelles, algo de lo que sí presume la ciudad, sobre todo en la antigüedad, cuando su puerto era uno de los más prósperos de la zona. La adaptación fonética de estos nombres llegó al español como Brujas.
Más historia
Además de un nombre curioso, Brujas sigue presumiendo de otros muchos elementos que ya estaban en la Edad Media. El trazado del casco histórico apenas ha cambiado, las plazas de Markt y Burg siguen siendo el escenario principal de la vida diaria y el Belfort, su famoso campanario, continúa vigilándolo todo desde sus más de 80 metros de altura, con el carillón marcando las horas como hace siglos.
Los canales por los que hoy navegan grandes barcazas llenas de turistas fueron durante mucho tiempo las venas comerciales que conectaban la ciudad con el mar y, si te alejas un poco del centro, todavía encontrarás antiguas puertas de la muralla.
Cambio de siglo y de estilos
Aunque toda la ciudad parece detenida en el tiempo, hay una plaza en la que, si te fijas bien, es fácil apreciar el paso de los años y el cambio en las modas arquitectónicas. En la plaza del Burg, el Ayuntamiento gótico luce una fachada llena de pináculos y esculturas que recuerda la época en la que Brujas era una potencia comercial, mientras que la vecina Basílica de la Santa Sangre añade el punto de leyenda con la reliquia que guarda en su interior. Además, esta iglesia dividida en dos pisos es una mezcla total de estilos y colores.
Un poco más lejos, la catedral de San Salvador y la iglesia de Nuestra Señora, con su torre esbelta visible desde casi cualquier rincón, completan ese perfil de campanarios que hace que, incluso antes de mirar el mapa, sepas que estás caminando por una ciudad donde la historia sigue teniendo mucho peso.
El rincón más tranquilo
Mientras que el bullicio en el centro es una constante en cualquier época del año, en el beaterio, situado a pocos minutos de las principales plazas, el cambio es considerable. Aquí reina la paz y el silencio. Se trata de un conjunto de casas blancas del siglo XIII que un día acogió a mujeres que querían ser independientes, pero sin pertenecer a una orden religiosa. Es algo muy común en las ciudades de la región de Flandes y una suerte que se hayan conservado hasta nuestros días.
Tradiciones muy vivas
No solo han llegado edificios hasta nuestros días, también lo han hecho algunas tradiciones. Dos sabrosos ejemplos son la cerveza y el chocolate, dos caprichos que en esta escapada son casi obligatorios. En una ciudad donde casi todo remite a otro siglo, sentarse con una cerveza local o entrar en una chocolatería artesanal es otra forma de comprobar que el viaje en el tiempo también puede hacerse a través del paladar. ¡Y aquí es un gusto!

