En un cuaderno puede caber una vida entera. Hay quienes escriben para recordar, otros, para no olvidar, y algunos —como Aurora y Antonio— para volver a existir. Cuando la mente se rompe y el cuerpo se resiste, las palabras pueden convertirse en una tabla de salvación. No curan la herida, pero le dan nombre; no devuelven el tiempo, pero lo ordenan. En las letras se esconde una forma de entender lo que ya no se reconoce frente al espejo.
En España, cada año más de 100.000 personas sufren un daño cerebral adquirido —por ictus, traumatismos o anoxia—, y miles de ellas inician su rehabilitación en el Centro Estatal de Atención al Daño Cerebral (CEADAC), en Madrid. Allí, entre ejercicios de logopedia, fisioterapia y memoria, algunos pacientes han encontrado en la escritura una herramienta inesperada: no solo para ejercitar el cerebro, sino para sanar el alma.
Aurora, Antonio y Amor —pacientes y neuropsicóloga del centro— demuestran que la palabra también puede ser terapia. En sus libros, en sus talleres y en cada conversación, la escritura se alza como un hilo de sentido entre la pérdida y la recuperación. Porque después del silencio, lo primero que vuelve a nacer es siempre una voz: la del que se atreve a contarse.
Aurora: ponerle nombre a lo invisible
En 2005, un accidente de tráfico cambió por completo la vida de Aurora Lassaletta, psicóloga clínica y presidenta de la Asociación Daño Cerebral Invisible. Salió aparentemente ilesa, pero en su interior algo se había fracturado. “Cuando algo es invisible, se minimiza o se ignora.” Así resume el punto de partida de su libro El daño cerebral invisible, un testimonio que intenta poner palabras a lo que el cuerpo no muestra.
El accidente de tráfico cambió su vida, pero no su apariencia, y ese fue el primer obstáculo: “Después del accidente, toda la atención se fue a mis problemas de movilidad. Cuando mejoró mi parte física, empecé a darme cuenta de muchas cosas que me pasaban en la cabeza: problemas de atención, de memoria, fatiga, hipersensibilidad a los ruidos o a la luz. Los demás les quitaban importancia.”
Aurora decidió escribir cuando entendió que esas secuelas no eran temporales ni menores. “Invisible no significa leve”, insiste. En la escritura encontró un modo de identificar y comprender lo que le estaba ocurriendo: “Desde el principio escribía las cosas que me pasaban a modo de diario para intentar entenderlas. Escribir ayuda a poner fuera, de forma ordenada, lo que pasa dentro. Ayuda a verlo con perspectiva y a que uno no se sienta tan solo.”
El resultado fue un texto a medio camino entre la memoria personal y la guía colectiva, donde cada página se convierte en una herramienta de comprensión. “Escribir me transformó. Pude aprender quién soy ahora y, sobre todo, amar quién soy ahora.” Para ella, la escritura no fue solo un proceso terapéutico, sino también rehabilitador: “Mostrarte requiere aceptación. explica Aurora. “Al principio me costaba firmar con mi nombre. Incluso pensé en usar un seudónimo. Después entendí que reconocer mi nueva identidad y mostrarla con mi nombre era parte esencial del proceso.” La escritura, dice, fue una forma de reconciliarse consigo misma y con el mundo: “Escribir desde la experiencia, sin teorías, podía ayudar a otros a entender lo que estaban viviendo. Y también me ayudó a mí a aceptarlo.”
Escribir me transformó. Pude aprender quién soy ahora y, sobre todo, amar quién soy ahora.
El libro ha trascendido su experiencia individual: “Me ha sorprendido lo mucho que ayuda a otras personas. También a las familias, porque entienden que lo invisible forma parte de nuestra nueva identidad. Volver a sentirme útil ha sido muy importante en mi reconstrucción.” Aurora no busca compasión, sino comprensión. “Nunca volvemos a ser los mismos que antes, aunque durante mucho tiempo lo neguemos.”
Amor Bize: la palabra y la rehabilitación
Entre las historias de Aurora y Antonio se abre un espacio necesario: el de la mirada profesional. La neuropsicóloga Amor Bize, del CEADAC, conoce bien los silencios y los vértigos que acompañan a cada recuperación. “En los primeros días, la familia está en shock. Aún no es capaz de procesar todo lo que supone el daño cerebral, cómo va a cambiar la vida de la persona y cómo va a necesitar modificar sus roles el resto de los miembros”, explica.
Para ella, la dificultad más grande sigue siendo hacer visible lo invisible. “Cuesta entender la necesidad de descansos frecuentes o la dificultad para permanecer en lugares con mucha estimulación. También es complicado comprender la variabilidad: a veces una persona mantiene una conversación perfecta y, media hora después, no puede hacer una tarea sencilla ni recordar lo que acaba de pasar”, señala. Y añade: “La falta de motivación o la apatía no son pereza. Son síntomas del daño cerebral.”
Su trabajo parte siempre de la vida cotidiana: “La mejor forma de explicar el daño cerebral no es hablando de lóbulos, sino de lo que pasa en el día a día. La irritabilidad, los olvidos o la falta de motivación también se deben a la lesión neurológica, igual que una parálisis o un brazo que no responde.” Entenderlo, dice, libera de culpa a pacientes y familias, que muchas veces se culpan o se enfadan ante lo que no comprenden.
Bize insiste en que la neuropsicología en España sigue siendo una disciplina joven, poco representada: “No tiene una presencia suficiente en el sistema nacional de salud, por lo que su acceso es desigual según la comunidad autónoma.” Defiende una rehabilitación transdisciplinar, con programas que integren medicina, fisioterapia, terapia ocupacional, logopedia y apoyo psicológico. “El daño cerebral afecta a la totalidad de la persona y de su vida tal y como la tenía configurada antes. Necesitamos equipos completos y recursos adaptados a cada caso, no que las personas tengan que adaptarse a los recursos disponibles.”
La escritura no borra el daño, pero sí puede ayudar a reconciliarse con él
Y ahí se cruzan las trayectorias de Aurora y Antonio, pacientes que han transformado terapia en relato. “Cuando una persona escribe su historia, deja de ser solo paciente y pasa a ser autor.” Y eso cambia la mirada, resume Bize. «La escritura no borra el daño, pero sí puede ayudar a reconciliarse con él.»
Antonio: escribir para entender
En febrero de 2023, un accidente de bicicleta cambió radicalmente la vida de Antonio Ramón Prieto. Estuvo en coma y despertó sin referencias, sin nadie cercano que hubiera recorrido el mismo camino. “Cuando desperté, una de las cosas que me pasaba era que no tenía conocidos que hubieran sufrido un TCE o un accidente cerebrovascular. Parecía que estaba solo.” Ese vacío fue el germen de su libro, Sobre cómo sobreviví a un accidente en bici…, nacido de la necesidad de dar sentido a lo ocurrido y acompañar a otros en su misma situación.
“Fue en el séptimo u octavo mes desde el accidente. Ya me funcionaba más o menos bien el cerebro y tenía una historia que contar.” Lo que empezó como un ejercicio de memoria se convirtió en una herramienta de rehabilitación. “Podía hacer que fuera positivo para mis terapias: la memoria, la hemiplejia de una mano, la verticalidad…”.
Para Antonio, escribir no solo fue una forma de recordar, sino de comprender. “Había momentos en que recorrías algo que habías vivido y sentías que ahora lo comprendías de verdad. Hasta las caras de las personas. Volvías a verlas nueve meses después y apenas las reconocías. Pues lo mismo, pero en vez de con caras, con hechos. Pararte a escribirlos te hace pensar sobre ellos con tu ‘yo’ de ese momento.”
“La escritura me ayudó a ordenar las cosas paso a paso, como un pequeño viaje por la rehabilitación.” En ese viaje aprendió también a valorar lo cotidiano. “He llegado a alegrarme por ser capaz de multiplicar tres por ocho.” Cada avance, por pequeño que fuera, se volvió una victoria consciente. “No me esperaba disfrutar del proceso. Lo que antes hacías sin pensar, ahora lo celebras.”
No me esperaba disfrutar del proceso. Lo que antes hacías sin pensar, ahora lo celebras
Con el tiempo, Antonio transformó el trauma en propósito: “Decidí ofrecer una ayuda a quienes pasaran por ahí. No soy médico y no puedo curar, pero puedo ofrecer la experiencia de quien ya lleva unos pocos metros del camino.” Hoy, a través de charlas y su cuenta @antonioprietonavarro, comparte reflexiones con afectados y familias. Su mensaje es claro: “Hay un camino. A veces muy largo, pero haberlo, lo hay. Cada metro más, es un metro más de calidad de vida.”
Para él, escribir fue volver a existir, una forma de recuperar el control sobre su propia historia: “Cuando escribes, tienes que estar seguro de lo que dices. Lo que escribes, más que del contenido, habla de ti.” Y en ese espejo de palabras, Antonio encontró algo más que memoria: encontró sentido.
Reconstruir lo que la vida quebró
Cuando Aurora escribe, cuando Antonio relee sus propias páginas o cuando Amor escucha en silencio el avance de un paciente, ocurre algo que no cabe en ninguna gráfica médica. La palabra restituye lo que el daño arrebató: el control, la identidad, la capacidad de nombrar el mundo. No cura la lesión, pero cura el desconcierto.
A un año, a diez o a veinte del accidente, las páginas siguen abiertas. La escritura no es el final de la rehabilitación, sino una forma de seguirla viviendo. Un cuaderno puede ser un mapa para quien se perdió dentro de sí mismo. Un testamento para los que vengan detrás. Un espejo donde reconocerse, aunque la imagen sea nueva.

