
La cocina italiana vive un momento dorado fuera de sus fronteras, y una de las figuras que mejor encarna esta expansión es Daniele Tasso, un chef genovés formado entre panaderías familiares, obradores artesanales y algunas de las cocinas más exigentes de Europa. Su trayectoria, marcada por la disciplina del oficio y una sensibilidad profundamente emocional hacia la gastronomía, lo ha convertido en uno de los pilares del grupo Big Mamma, responsable de algunas de las trattorias más vibrantes del continente.
Su relación con la cocina comenzó mucho antes de que pudiera comprenderla. Creció entre sacos de harina, con las manos hundidas en masa fresca, en un ambiente donde el trabajo manual era la base de todo. “Los demás niños tenían juguetes, yo tenía harina y levadura”, recuerda Tasso. Esa mirada íntima hacia los ingredientes ha definido su manera de entender la cocina, desde la panadería hasta la alta restauración, todo empieza en las manos.
Hoy lidera equipos, abre restaurantes y diseña experiencias que combinan tradición italiana con una alegría contagiosa. Pero, detrás de cada apertura, hay un hilo conductor que nunca cambia: la intención de emocionar. Para él, la cocina, cuando es auténtica, es un lenguaje que habla de memoria, familia y pertenencia.
De Génova al mundo: una vocación que nunca dejó de ser juego
La infancia de Daniele Tasso en Génova determinó su destino profesional, aunque él no lo vio como una elección consciente. “No hubo un momento concreto. Más que una decisión, fue una continuidad natural: simplemente nunca dejé de hacerlo”, explica el chef. Ese vínculo orgánico con la cocina lo acompañó cuando dejó Liguria para trabajar en otras ciudades italianas y, finalmente, en Londres.
Cada etapa fue un aprendizaje distinto. “Liguria me dio el respeto por el producto, Venecia la sensibilidad hacia la tradición y los sabores del mar, y Londres fue una escuela brutal”, afirma Tasso. Aquella experiencia británica, con cocinas imponentes y ritmos frenéticos, lo enfrentó a la presión real de la hostelería internacional. Allí, con solo 27 años, se convirtió en Executive Pastry Chef. “La presión era alta, los días muy intensos, pero esa etapa me hizo crecer muchísimo”, confiesa.
Ese temple forjado entre masas dulces, equipos enormes y servicios implacables es el que hoy aplica en su rol de liderazgo. Su salto de la pastelería a la gestión de un grupo gastronómico fue un impulso natural: “Soy muy exigente conmigo mismo y nunca me conformo: cada meta alcanzada es el punto de partida para otra”.
El alma de Big Mamma: tradición, energía y emoción
Cuando habla del grupo Big Mamma, Daniele Tasso lo hace con la convicción de quien encuentra un lugar donde su filosofía encaja a la perfección. “El cuidado por los detalles”, explica, “no solo en la cocina, sino en todo: en la decoración, en el ambiente, en la relación con el equipo”. Esa visión integral ha permitido que cada trattoria mantenga su personalidad sin perder la esencia del grupo.
Para él, la cocina es mucho más que un oficio. “Cocinar para alguien es un acto de amor”, afirma. Ese principio es la brújula que guía su día a día: crear espacios donde el equipo pueda reír, disfrutar y ser creativo sin perder nunca el rigor del trabajo bien hecho. Todo ello se traduce en platos que buscan emocionar más que impresionar. “No buscamos impresionar con técnicas complicadas, sino emocionar”, insiste.
El éxito, para Daniele Tasso, no se mide en premios. “El verdadero éxito es cuando logras despertar recuerdos en la gente”, dice. Y esa es la razón por la que sus trattorias, llenas de vitalidad y tradición, conectan con el público de manera tan inmediata.
Mirar hacia adelante sin perder la raíz
Con varias aperturas en camino, su horizonte está lleno de proyectos. “La apertura de Barcelona, que llegará a finales de año, será muy especial. Y también Dublín y Dubái”, adelanta. Lugares distintos, culturas nuevas y un reto común: mantener viva la autenticidad italiana. Aun así, su visión del futuro de la cocina italiana es clara y sorprendentemente sencilla. “El futuro está en volver a lo esencial: buenos productos, sabores auténticos y platos que hablen al corazón”, afirma Tasso. Una vuelta a las raíces que, en su caso, lo lleva siempre a los sabores que lo formaron.
Porque, al final, hay platos que son hogar. “La lasaña y las albóndigas de mi madre”, confiesa, “cada vez que viene a visitarme me llena el congelador para sobrevivir al invierno”. Tal vez ahí radique su grandeza: en la capacidad de convertir cada nueva apertura en un puente hacia esa cocina cálida, honesta y profundamente humana.
