
Se llama Robert Parker, ya está retirado, pero ha sido el hombre más influyente del vino a nivel mundial en los últimos 20 años. Estadounidense, tenía una revista, The Wine Advocate, en donde daba puntuaciones a vinos de todo el mundo. Eran los famosos puntos Parker. La revista sigue existiendo, tras pasar por varias manos, en la actualidad pertenece a la Guía Michelín; y como en los tiempos de su fundador, tiene catadores repartidos por todo el mundo que siguen puntuando.
El mercado del vino estadounidense acababa de despertar, hará ahora unos 30 años, y en muy poco tiempo se convirtieron en el más grande del mundo. Importaban, e importan, vino de todas las zonas vinícolas del Globo, aparte de los que hacen ellos en California, Oregón y otros estados. Después de la emisión en 1991 del programa “60 Minute”, de la cadena televisiva CBS, un programa mítico que ven aproximadamente unos cien millones de espectadores, en el que se aseguraba que el consumo moderado de vino prevenía decididamente las enfermedades cardiovasculares, comenzó el interés de los estadounidenses por esta bebida.
Apoyado, claro, por la potente industria audiovisual del país. La gente elegante, fina, tomaba vino, en casi todas las series. Recuerdo especialmente una, en que la protagonista era una antropóloga forense, inteligentísima, guapísima, cultísima, que al llegar a casa después del trabajo se servía, en todos los capítulos, un vino, claro, en una copa también terminada en “ísima”. Su novio era un polizonte, rudo, especialista en ir dando trompazos a unos y otros, que en casa bebía cerveza o whisky. Se marcaba la diferencia entre una y otro.
La nueva tendencia
Pero volvamos al principio. Cuando arranca el gran consumo en Estados Unidos, la mayoría de los consumidores no tenían ningún conocimiento previo. Así que se dejaron aconsejar. Y ahí estaba Parker. Los vinos que recomendaba con su alta puntuación, The Wine Advocate, se agotaban inmediatamente en el mercado norteamericano. A la bodega señalada, de donde fuera, españolas muchas, les había tocado la lotería. Así que el mundo entero se puso a hacer vinos “al gusto de Robert Parker”, en busca de una alta puntuación para barrer en ese mercado totalmente emergente.
¿Y cual era el gusto de Robert Parker? Vinos de mucha extracción, es decir, de color casi negro, nariz frutal e intensa; y bocas potentes, casi rudas, una piedra, con mucha madera nueva, – los toneleros, sobre todo los franceses se hincharon a vender -y que al terminarlos, había que irse enseguida a lavarse los dientes porque parecía que habías comido chipirones en su tinta. Lo de la nariz frutal e intensa es muy agradable; pero en la boca era, probablemente demasiado. La crítica, y no seré yo quien tire la primera piedra, apoyábamos ese tipo de vinos sobre todo por su frutosidad.
Sin embargo, hubo vinos que siguieron con su estilo sin moverse de su sitio. Borgoña, en Francia, fue un caso. También hay que entender que, con su clima frío, era difícil hacer vinos de mucha potencia y duros; así que mantuvieron su línea de elegancia y sutileza. Y en el caso de España las grandes casas riojanas, con sus grandes reservas de toda la vida, no las ibas a cambia, así como así. El caso que señalamos hoy es el de los vinos grandes reservas de una bodega concreta, La Rioja Alta S.A; entre otros motivos porque han sacado los tres que tienen, casi a la vez. Son vinos elegantes, delicados, sugerentes, todo lo contrario que rudos.
La bodega en el Barrio de la Estación de Haro | Foto cedida por la bodega
Añadas antiguas
No son elaboraciones orientadas al gran público recién llegado al vino, que seguía a Parker; sino a catadores más formados, por eso al principio les sorprendió que restaurantes de lujo de Estados Unidos les reconocieran y les reclamaran añadas. Ahora se ha convertido en una costumbre que les pidan esos vinos, y en la bodega están preparados para ello.
Por otra parte, la tendencia ha cambiado. Hay como una contrarreforma con el gusto Parker, y los vinos que la moda actual sigue es la de los vinos más jóvenes, ligeros, fluidos, menos madera, buscando la frescura frente a la contundencia. Son tendencias, porque un vino potente, estructurado, con capacidad de guarda, rico y expresivo, es incomparable; y un vino más ligero y fluido, también pega estupendamente en un restaurante moderno, ante una cocina también más ligera, que ante un asado de cordero.
Trasegando en la bodega | Foto cedida por la bodega
Pero entre tendencia y tendencia los grandes reservas que les presentamos ahora, van directamente por su camino. Son el Gran Reserva 890, el Gran Reserva 904 y el Gran Reserva Viña Arana. La Rioja Alta S.A. es la única bodega que mantiene tres vinos de este tipo. La firma, nació en 1890 en el barrio de la Estación de Haro. Es una de las bodegas centenarias de las que ya hablábamos la semana pasada al hacer el recorrido por la historia de Rioja. Participaron tres vascos y dos riojanos.
Los vascos pusieron el dinero, 112.500 pesetas de la época, de la que desembolsó inicialmente el 20%. Los riojanos aportaron tierras y viñedos. Montaron una compañía llamada Sociedad Vinícola de la Rioja Alta S.A., pusieron de presidenta a una mujer: Saturnina García Cid, contrataron un enólogo francés apellidado Vigier; y así nació una de las firmas míticas de los vinos españoles.
Los vinos
En 1904 Alfredo Ardanza, uno de los socios iniciales, que también tenía una bodega propia, propuso fusionarse y salió adelante la marca 1890. En 1943 en plena Segunda Guerra Mundial salió al mercado uno de los vinos más conocidos del país, el Viña Ardanza, en homenaje a don Alfredo, que se presenta como Reserva.
Ahora han salido las tres nuevas añadas de los grandes de la casa, prácticamente a la vez. Digamos que el menos complejo, por no decir sencillo, es el Gran Reserva Viña Arana 2017. Con tres años de crianza en barrica, y luego reposando hasta su embotellado en 2022. Digamos que sería el que conecta más con la tendencia actual. Madurez combinada con frescura, sutil, pero a la vez con cuerpo y brío. P.V.P. 35 euros.
El Gran Reserva 904 2016, en homenaje a la fusión de las dos bodegas, ha tenido una crianza de cuatro años en barricas de roble americano fabricadas en la misma bodega y luego ha pasado otros cuatro años en bodeguero, y es una joya, complejo, profundo, elegante, una nariz cargada de matices; y una boca muy fina, aterciopelada, pero sabrosa y larga. P.V.P. 75 euros.
Por último, el Gran Reserva 890 del 2011, en homenaje al nacimiento de la bodega. Se ha criado durante seis años en barrica de roble y lleva siete reposando en botellero, hasta ahora. Es un clásico de los clásicos, una maravilla, elegancia y distinción, para llevarlo a nariz e ir intentando adivinar tanta complejidad. La boca también muy elegante con un paso suave pero envolvente, muy largo. Un vino especial. P.V.P. 180 euros.
Foto cedida por la bodega
Recuerdo una conversación con Guillermo de Aranzábal, quien está al frente de la firma, hace años, durante la pandemia, y le preguntaba si esta le estaba afectando mucho. Y el respondió “Mira, esta casa ha pasado dos guerras mundiales, una guerra civil, la crisis del 29, la burbuja inmobiliaria, ahora esto. Seguiremos adelante”. Vale que puedan mirar las tendencias y las modas; pero desde luego no están como por dejarse arrastrar por ellas.

