“Me llamo Noelia y tengo un imán para atraer a los hombres… con novia. Aunque por aquí no veo ninguna. Más divertido todavía”. “Me llamo Olazt, para vosotros directamente culat”. “Soy Melchor y si habéis dejado de creer en la magia, tranquilas, que aquí tenéis a todo un rey mago cargado de polvos mágicos”. Estas frases son la «mejor» literatura regalada a la audiencia de Telecinco por las nuevas tentadoras y tentadores que ya están listas para romper el amor heterosexual que acoge La isla de las tentaciones 9.
El reality de la manzana ha vuelto para recordarnos la época en la que vivimos: en la que hasta lo más carca parece modernidad. Porque qué retrógrado es veinteañeros creyendo que prueban la calidad de sus relaciones sexoafectivas según el aguante carnal. Lo han repetido varias de las nuevas parejas en sus presentaciones en el capítulo de estreno. Aunque, en realidad, solo será una justificación moral, pues todos sabemos que el casting está compuesto por personas ansiosas de fama. A simple vista ya canta. Su estética, su maquillaje, sus rayos uvas, su vestimenta… Su expresividad no verbal habla más de la aspiración de cumplir unos monolíticos patrones de físico asociados a un tipo de famosos de los que casi siempre, por cierto, nos olvidamos de su nombre.
Con estos mimbres, La isla de las tentaciones es un programa que podría ser perfectamente de 2001 y que, sin embargo, se siente muy actual. El motivo: la producción cuida la música, la fotografía, la localización y la magia de la tele. Se saca brillo a la inversión. Lo que diferencia a este formato de otros espacios de Telecinco, que ya no aguantan el interés porque se ven visualmente más viejunos. Ni tienen presupuesto para luz que embellece ni para canciones que dan un toque a la banda sonora ni para decorados acogedores. Aquí las villas son aspiraciones. Los planos aéreos de las piscinas y las playas, también. Y encima los participantes nos hacen sentirnos más listos que ellos al verlos desde el relax del sofá de casa. Podemos elegir: a quién queremos y a quién odiamos. O las dos cosas juntas.
El espectador se siente superior a las cobayas del show. Observando, criticando y hasta desternillándose de sus contradicciones que son las de todos. Porque La isla de las tentaciones juega con los comportamientos más básicos, de los concursantes y también del propio público, que cae en la trampa de una apisonadora de clichés del amor tóxico, dependiente y superficial, que fluyen a sus anchas en las personalidades de participantes tan maleables porque están encantados de estar en la tele.
Y, como todo está enteramente grabado, La isla se permite contar con lo mejor de un reality y lo que más engancha de una serie a través de un montaje muy cuidado que sabe que debe rizar el rizo porque la audiencia cada vez está más resabiada e inmune. Y van nueve ediciones. En el enfoque del conflicto está la clave. No basta con una especulación sobre la infidelidad, hay que sembrar bien las motivaciones de los personajes, mostrar con épica los desquicies de la desconfianza e incluso retratar los roles que seguimos repitiendo dependiendo del sexo. Ya quedan definidos solo en el instante en el que el guion crea una liturgia de separación de sus respectivos amores en plena playa. Entonces, ellos aguantan el tipo porque “los hombres no lloran” y ellas desbordan un papel más emocional. En esos detalles, el programa atrapa más públicos porque nos delata sin la incomodidad de sentirnos delatados. Aunque la fórmula sobre todo conecta con las efervescencias de la adolescencia donde uno empieza a descubrir las turbulencias del amor y de la carne. Porque las sensibilidades -aunque no lo parezca- evolucionan, pero hay algo que nunca cambiará: el deseo mueve el mundo y en la edad del pavo se nos va de las manos.

