
Madrid no deja de sorprender con nuevas propuestas que elevan su panorama gastronómico. En pleno corazón de la Gran Vía, un edificio histórico se ha transformado en el escenario perfecto para un restaurante que combina tradición, vanguardia y diseño con una personalidad arrolladora.
Bajo la batuta del chef Jairo Jiménez, este espacio se ha convertido en el destino favorito de quienes buscan disfrutar de la buena mesa con un punto de sofisticación, pero sin renunciar al espíritu castizo.
Un concepto que une brasas, tapeo y diseño en un mismo lugar
Situado en la quinta y sexta planta del icónico edificio que albergó el Hotel Roma, este restaurante ha logrado posicionarse en pocos meses como uno de los imprescindibles de la capital. Su propuesta se basa en tres pilares: el respeto al producto, la reinterpretación del tapeo madrileño y la magia de las brasas de carbón de encina.
El resultado es una carta que homenajea la tradición con un giro contemporáneo, en un entorno que no deja indiferente: más de 1.000 m² decorados con un estilo retrofuturista y minimalista, obra del estudio de arquitectura External Reference. Todo ello con un objetivo claro: ofrecer a los comensales una experiencia que combina gastronomía, diseño y lifestyle.
Jairo Jiménez: creatividad al servicio del producto
Al frente de los fogones está Jairo Jiménez, un chef que entiende la cocina como un lenguaje de respeto y emoción. Su propuesta arranca desde las tapas más reconocibles, pero con un sello personal. Ejemplo de ello son su ensaladilla rusa de verduras a la brasa con pulpo, las croquetas de jamón ibérico semilíquidas con velo de panceta Joselito, o los puerros de Tudela al estilo calçots, que fusionan lo castizo con lo viajero.
Ensaladilla rusa de verduras a la brasa con pulpo
Las brasas de encina se convierten en protagonistas en cortes nobles como la chuleta de vaca vieja Simmental madurada 80 días, el exclusivo lomo bajo de rubia gallega de 10 años, o el t-bone con el lomo trinchado, pensados para los carnívoros más exigentes. En pescados, el rodaballo a la brasa con salsa meunièr a la noisette y el chipirón de anzuelo son opciones que seducen a quienes buscan sabores más marinos.
El dulce final: la repostería como protagonista
Lejos de ser un complemento, la parte dulce es un auténtico espectáculo. Para ello, el restaurante fichó a Carlos López, uno de los pasteleros con mayor proyección del país, que ha pasado por casas de referencia como Coque, Dstage o Corral de la Morería.
Su coulant de chocolate 72% de cacao con helado caramel crunch y nueces pecanas se ha convertido en un imprescindible. A ello se suman un risotto de arroz con leche con crujiente de perrunillas, la tarta de queso Payoyo o el lemon pie con crema cítrica, merengue italiano y helado de cáscara de limón, auténticos caprichos para los paladares golosos.
Coulant de chocolate 72% de cacao
Un interiorismo que simula un gran apartamento
El espacio no solo enamora por su propuesta gastronómica, sino también por su estética. La quinta planta recrea un apartamento privado con ambientes diferenciados: sofás curvos, librerías llenas de vinilos y libros, un antiguo estudio de grabación y piezas de mobiliario de diseño que invitan a fotografiar cada rincón.
La capacidad del restaurante alcanza los 220 comensales, convirtiéndose en un lugar ideal tanto para cenas íntimas como para grandes encuentros. La Loba Capitolina, que corona el edificio, vigila desde lo alto este nuevo templo gastronómico que ha transformado el skyline de Madrid.
El rooftop más deseado de la Gran Vía
Si hay un espacio que ha conquistado a madrileños y turistas, ese es el rooftop situado en la sexta planta. Dividido en dos terrazas con vistas panorámicas, se ha convertido en uno de los epicentros del terraceo de la ciudad. Desde aquí se disfruta de un 360º al skyline madrileño, con vistas directas a la Gran Vía y a la coqueta calle Clavel.
Con un ambiente cosmopolita y desenfadado, es el lugar perfecto para compartir tapas, disfrutar de una puesta de sol con un cóctel en mano o alargar la sobremesa hasta la madrugada.
La propuesta del rooftop mantiene la esencia de Jairo Jiménez, pero en clave más ligera e informal. Entre los imprescindibles figuran el brioche de steak tartar, el brioche de anchoa 0’0, el bikini a la brasa, el saam de langostinos en tempura con palomitas, o el taco de morro de cerdo ibérico crujiente. Tampoco faltan clásicos como las bravas en su versión de patata y batata, el pepito de ternera o el buñuelo de queso Idiazábal.
Cada bocado está pensado para acompañarse de una coctelería de autor que marca la diferencia.
Cócteles firmados por Daniel Regajo
La barra del rooftop está en manos de Daniel Regajo, bartender de prestigio que ha trabajado en espacios como StreetXO o The Gibson de Londres. Su propuesta sorprende con combinaciones equilibradas y refrescantes.
El WOW Spritz, elaborado con St. Germain, limón, hierbabuena, Grey Goose y champagne, es uno de los favoritos, mientras que el Sky Garden, con Leblon, Martini Ambrato, kiwi, manzana, jalapeño y cilantro, aporta un toque atrevido y sofisticado. Una carta pensada para quienes buscan algo más que un simple cóctel: una experiencia líquida a la altura del espacio.
El restaurante y rooftop se ubican en un edificio con más de un siglo de historia, el antiguo Hotel Roma, uno de los primeros de la Gran Vía en abrir sus puertas en 1915. Hoy, tras una cuidada transformación, el espacio conjuga modernidad y tradición, convirtiéndose en un símbolo de la nueva escena gastronómica madrileña.
La mezcla de su historia, su diseño contemporáneo y la excelencia de su propuesta culinaria lo convierten en un lugar de peregrinación tanto para locales como para visitantes.
El place-to-be de la temporada
Con la llegada del buen tiempo, este rooftop se ha consolidado como el planazo del verano en Madrid. Su ambiente relajado, sus vistas privilegiadas y su carta pensada para compartir lo convierten en el lugar idóneo para quienes buscan disfrutar de las tardes más largas y las noches más animadas de la ciudad.
Ya sea para una cena gastronómica en su salón principal, un cóctel al atardecer en su terraza o un brunch de fin de semana, este restaurante en Gran Vía 18 se ha convertido en el epicentro del buen vivir en la capital.

