Macron, dispuesto a renunciar a sus principios para obtener el apoyo de los socialistas al nuevo primer ministro

Macron, dispuesto a renunciar a sus principios para obtener el apoyo de los socialistas al nuevo primer ministro


Un primer ministro sin ministros, un Estado sin presupuestos, una economía censurada en el exterior, una situación política estancada y un pueblo encolerizado y en depresión. La Francia de Emmanuel Macron sale de una semana en la que, al menos, la amenaza de subversión callejera se saldó con un fracaso para la extrema izquierda, empeñada en crear las “condiciones objetivas” para su soñada toma del Palacio del Elíseo y la destitución del presidente.  En cuatro días, afrontará una protesta más seria, la de los sindicatos. 

El varapalo de la agencia de notación “Fitch” al estado de las finanzas – y de la política – del país cerró una semana trágica para el jefe del Estado, cuyo orgullo fue herido gravemente con el “suspenso” recibido en su boletín de notas por una de las “Tres grandes” entidades que califican la deuda soberana de cada país. 

La reprimenda de “Fitch cae de lleno en plenas negociaciones del nuevo jefe de gobierno, Sébastien Lecornu, para llegar a un acuerdo de no censura con el resto de las formaciones políticas. En cualquier caso, la concesión de las orejas de burro al alumno Francia y, en realidad, a Emmanuel Macron, no van a hacer variar los argumentos de cada uno: para la izquierda, la opinión de las agencias de notación norteamericanas no es tan importante. Para la alianza gubernamental entre centristas-macronistas y la derecha moderada, “Fitch” critica el gasto público desmedido y la presión fiscal ejercida sobre los contribuyentes y, por lo tanto, le da la razón. El problema sigue siendo el mismo para todos: Recortar, sí, ¿pero qué partidas? 

Melenchón contribuye al fracaso del “Bloqueemos todo”

Siendo optimistas, el bloqueo total del país se evitó a pesar de todo.  El llamamiento “Bloquons tout”, que pretendía paralizar el país el pasado martes, se saldó con los habituales centenares de detenciones momentáneas entre manifestantes violentos, que nada tenían que ver con la convocatoria inicial y algunas llamas para alarmar a los consumidores de videos en las redes sociales. La protesta por la degradación de las condiciones económicas y sociales y los servicios públicos, por el desprecio de las élites y del poder que denunciaban los iniciadores del 10-S fue completamente desvirtuada por la extrema izquierda del líder de “La Francia Insumisa”, Jean-Luc Melenchón. 

La pretensión melenchonista de aprovechar la oportunidad para “sembrar la revolución”, como el caudillo trotskista admitió, frustró a los manifestantes que rechazaban la instrumentalización de los políticos y degeneró en algunas de las salvajadas habituales de los “Black blocs”, chiquilladas de estudiantes preuniversitarios que jugaban al ratón y al gato con la policía antidisturbios y – como es habitual – el cabreo de los comerciantes, obligados a “bunkerizarse” para evitar los destrozos que, de tan repetidos, han disparado las facturas de las compañías aseguradoras. 

Pocas horas antes, Macron había nombrado en tiempo récord a su nuevo jefe de gobierno, contribuyendo así a la obsolescencia de las pancartas de los manifestantes de la mañana siguiente, que no tuvieron tiempo de cambiar el nombre de los insultados: Macron y François Bayrou. El cambio del centrista por el macronista Lecornu no fue una decisión acelerada para calmar la protesta. Se podría apostar que una mayoría de los que gritaron en las calles el 10-S no tenían ni idea de quién era su nuevo “premier”. Además, les daba igual; querían solo la cabeza del presidente. Tendrán que esperar una nueva oportunidad.

La segunda semana del septiembre negro de Macron estará marcada por la huelga convocada por todas las centrales sindicales para el jueves. Nadie duda de que la respuesta será masiva y disputará la atención de la actualidad a las negociaciones que el nuevo jefe de gobierno está celebrando con los propios sindicatos y los partidos políticos.

La misión imposible de Lecornu

Sébastien Lecornu ya dijo que se diferenciará de la gestión de Bayrou en el fondo y en la forma. Tras el fracaso de sus dos predecesores para encontrar un consenso en la Asamblea, el nuevo inquilino del palacio de Matignon quiere consultar a todos sus rivales políticos proponiendoles un programa de gobierno que aleje la posibilidad de una moción de censura automática, a la que solo se apunta, de momento, “La Francia Insumisa”. 

Y en esas pláticas, se insiste en el papel que puedan jugar los socialistas, disgustados, enervados e irritados cuando el martes comprobaban que su primer secretario, Olivier Faure, no sería el sucesor de Bayrou. El presidente Macron tuvo el detalle de telefonearle antes de hacer oficial el nombramiento de Lecornu, según supo e semanario “Le Point”. La intención del Elíseo, que había cortejado al PS en las semanas previas, era de no cerrar la puerta a posibles acuerdos que puedan salvar la cabeza del nuevo jefe de gobierno.

Descartada la participación de los socialistas en el gabinete, el más difícil todavía de Lecornu es obtener, al menos, el apoyo del PS para no tumbarle ipso facto. Para ello, el llamado “bloque central”, las fuerzas que han sostenido al nuevemesino gabinete de Bayrou (centristas, macronistas y derecha moderada) estaría empezando a digerir que algunas de las propuestas socialistas deben ser aceptadas, si quieren evitar la disolución de la Asamblea. 

¿Cómo convencer a los socialistas de no censurar al nuevo primer ministro cuando el propio Faure dice que “Lecornu en Matignon es Macron en Matignon”? Horas después del disgusto por no haber sido elegidos, los líderes del PS dejaban, sin embargo, una rendija abierta a la negociación: “Estamos en una lógica de diálogo, no de bloqueo: Negociaremos con cuchillo y no seremos la cachaba del presidente”.

La derecha: “Habrá que dar algo a los socialistas”

Lecornu sabe lo que debe ofrecer para contar con la neutralidad del PS. Por un lado, aplicar una punción a las “grandes fortunas”. Se vuelve a agitar la llamada “Tasa Zucman”, por el nombre del economista que propone una imposición de un 2% a los 1.800 contribuyentes que tienen un patrimonio superior a 100 millones de euros. Ello supondría una entrada de entre 15.000 y 25.000 millones de euros para el Estado, según él. Por supuesto, la controvertida “tasa Zucman”, cuenta con el apoyo de los sospechosos habituales: Thomas Piketty, Joseph Stiglitz y Paul Krugman, entro otros. El PS ha presentado también un contra-presupuesto cifrado en 22.000 millones de reducción de gastos, en oposición a los 43.800 que figuraban en el del guillotinado François Bayrou.

Que los 66 diputados socialistas son indispensables para evitar elecciones anticipadas lo saben – y comprenden – también los responsables de “Los Republicanos”, el partido de la derecha tradicional que ha participado tanto en el gobierno de Michel Barnier como el de Bayrou. “Habrá que conceder algo significativo a los socialistas, para desgajarlos definitivamente de Melenchón y LFI”, admiten “Los Republicanos”. Tanto LR como el partido de Macron “Juntos por la República” (EPR, en su acrónimo francés) comienzan a admitir que una contribución de “los más ricos” es algo que sus propias bases no rechazarían, a pesar de que no entraba, ni en sueños, en sus programas. Por supuesto, todos los partidos, sin excepción, están de acuerdo en abandonar la supresión de dos días de fiesta que proponía Bayrou. En cuanto al debate sobre la reforma de las pensiones, algún miembro del PS sugería “congelar” las negociaciones y dejar de momento en 63 años la edad mínima de 64 hoy oficial. Necesitan una “victoria simbólica”, a seis meses de las elecciones municipales. 

Lo que la derecha tradicional no admitiría es la adopción de un sistema electoral proporcional y lo que sí exige es el control de las fronteras para frenar la inmigración ilegal y una lucha sin cuartel contra la inseguridad en las calles y el narcotráfico, apartados en los que el propio Macron insiste ahora, tras años de ceguera y sordera voluntaria. En ese sentido, todo parece indicar que, si hay acuerdo programático por escrito con los socialistas, el hasta ahora ministro del Inferior, el republicano Bruno Ratailleau, recuperará su cartera, a pesar de que algún vocero del PS le ha llegado a calificar de “fascista”, adjetivo que, por banalizado, ha perdido todo sentido y, eso sí, puede dar ideas a descerebrados “antifas”, como en el caso de Estados Unidos esta misma semana. 

La ventaja de Lecornu frente a Bayrou es que, a pesar de ser un tránsfuga de “los Republicanos” y haber optado por la chaqueta macronista, sigue siendo considerado “uno de los nuestros” en LR; “alguien que habla nuestra lengua”. Ello se explica por su carácter apacible, su seriedad y su nulo interés en la comunicación narcisista a través de las redes: “La comunicación no es acción”, dice. 

Tampoco el Partido Comunista va a seguir la política de tierra quemada que defiende Melenchón. Según su líder, Fabien Roussel, no censurará a priori a Lecornu, es decir, esperará sus propuestas. Roussel ha dejado claro que “si es para pasar de 44.000 millones a un presupuesto con recortes por 39.000, “que no nos llamen”. EL PCF, según su jefe, no tiene miedo a una eventual disolución y, además, asegura que, si se celebran elecciones anticipadas, “no habrá acuerdo global con el resto de las fuerzas de izquierda”, lo que supone un rechazo a las pretensiones de Melenchón, con el que tampoco comparte la idea de “destitución” de Macron: “Sería un salto al vació”, dice Roussel.  

Le Pen: “O Lecornu rompe con el macronismo, o disolución”

“Ruptura o disolución”, advierte Marine Le Pen, líder de “Agrupación Nacional” (RN). O Lecornu rompe con el macronismo o disuelve las Asamblea. Una exigencia imposible para el nuevo primer ministro, mucho más ligado ideológica y personalmente a Macron que Barnier o Bayrou. La jefa de la derecha nacionalista empuja a un adelanto de elecciones, sabedora de que todos los sondeos otorgan a su partido la victoria y, quizá, una mayoría para poder gobernar. A pesar de todo, no se cierra a escuchar a Lecornu, con quien mantiene una relación cordial. Para ella, Francia “necesita un cambio de rumbo, el restablecimiento del orden y la protección del poder adquisitivo de los franceses”. 

Como persigue desde su pérdida de mayoría absoluta en 2022 y su absurda disolución tras el batacazo en las europeas del año pasado, Emmanuel Macron sigue empeñado en poner de acuerdo a un arco parlamentario que deje fuera de juego y sin capacidad de daño a los que considera extremistas, las formaciones de Melenchón y de Marine Le Pen. A pesar de los fiascos con Barnier y Bayrou, el presidente espera convencer a los socialistas y evitar comicios anticipados en los 19 meses que le queda de mandato. Aunque sea, ya, a costa de renunciar a parte de su programa y a sus principios, especialmente en materia de impuestos. Dicho de otro modo, la clase media seguirá pagando la factura de su fracaso político.

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