La República Democrática del Congo es, definitivamente, un país olvidado. Unos pocos días estando allí, viendo las desastrosas calles de su capital (Kinshasa) y el doloroso modo de vida de su gente, bastan para darse cuenta de que, desde hace mucho tiempo, el Congo ya no interesa a nadie, ni siquiera a ellos mismos.
En la capital, una ciudad prácticamente sin ley, viven hacinadas 18 millones de personas. Sin embargo, el último censo, según la Oficina de Información Diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores, data de 1989 por lo que, dada la elevada tasa de nacimientos, es probable que sean muchos más las personas que vivan en las calles atestadas de gente y basura.
Pero no es este, en absoluto, un artículo sobre la historia y la realidad del Congo, un país sin duda marcado por el dolor, y en shock por una guerra que asola el este de la república. Para ello, hay grandes expertos en la materia que expondrían mucho mejor el problema histórico, social y económico del antiguo Zaire. Este es solo un diario de viaje, un viaje de ida y vuelta al corazón de África, un viaje para descubrir el oasis que da vida al Congo, el milagro de Kinshasa.
En medio del caos, de la pobreza, del ruido y de la abrumadora suciedad, hay un pequeño paraíso. El hospital Monkole, construido en 1991 por iniciativa de un grupo de españoles, es hoy referencia, esperanza y asilo para miles de personas que jamás se plantearon la posibilidad de ser atendidos por un médico real, dado que allí la renta per cápita apenas supera los 653 euros anuales.
En la década de los 90, Monkole comenzó su actividad con apenas tres camas y un simple quirófano. Fue el primer hospital del Congo que proporcionó comida y sábanas a los enfermos ingresados, ya que en los demás hospitales era la familia la que se encargaba de llevársela a los enfermos. 30 años más tarde, más de 100 personas pueden pasar la noche en sus instalaciones, atendidas como lo estarían en cualquier hospital europeo. Este centro es a su vez la excepción que confirma la regla, porque en el Congo [ya sea por motivos económicos y/o sociales] todavía reinan los curanderos y la medicina natural.
En Monkole, no solo se salvan vidas; también es la esperanza para los más de 300 trabajadores que forman parte del equipo médico y asistencial, y que encuentran allí la oportunidad de su vida, una oportunidad con la que jamás se atrevieron a soñar.
Monkole, un milagro en medio de Kinshasa
Lo cierto es que si se observa el contexto en el que se encuentra Monkole se llega rápidamente a una conclusión: el hospital es insostenible económicamente. Basta con mirar las calles para entenderlo. Montañas de basura en cada esquina, madres que no saben qué darles de cenar a sus hijos, niños pidiendo por la calle… Pero si lo que se ve es desmoralizador, lo que se oye es peor todavía. Cientos de historias dolorosas se escuchan a cada esquina; y ser ajeno a ello es imposible (e inmoral).
En este contexto, cabe preguntarse por cómo es posible que un hospital del nivel de Monkole sea posible. La respuesta es sencilla: trabajo duro, calidad humana y muchas dosis de esperanza. Pero también la mano dulce de la fundación vallecana Amigos de Monkole, una ONG que desde Madrid, con la ayuda de muchos pocos, cambia miles de vidas al año.
Un propósito: dignificar y cambiar cientos de vidas
En el verano de 2010, después de conocer de primera mano el trabajo humanitario, social y sanitario de Monkole, Enrique Barrio, profesor de un colegio de Vallecas, decidió que lo que había descubierto en el Congo no podía caer en saco roto. Así, surgió la fundación Amigos de Monkole, fundada oficialmente en 2017, una asociación que originalmente nació para buscar recursos económicos para financiar los costes hospitalarios de todas las personas que necesiten asistencia sanitaria o social.
Hoy, la fundación sigue creciendo, con una sed infinita de ayudar, y sus proyectos son ya muy extensos y variados, mayoritariamente desarrollados en el Congo. Las acciones de Amigos de Monkole, que se pilotan desde Madrid, giran principalmente en torno a tres pilares: sanidad, mujer e infancia. Y todas ellas son absolutamente fundamentales.
Muchos pocos cambian vidas
Por un lado, la fundación tiene un fuerte compromiso con el desarrollo sanitario del hospital, por lo que gran parte de sus esfuerzos y donaciones se destinan a cubrir las necesidades materiales de Monkole (máquinas, vacunas, utensilios, medicamentos…), además de becar a algunos alumnos de la Escuela de Enfermería que ha creado el propio hospital, dando la oportunidad de un futuro mejor a cientos de jóvenes. Ahora sueñan con una escuela de Odontología y, quién sabe si algún día llegará también la facultad de Medicina.
Por otro lado, otro de los compromisos principales de Amigos de Monkole es la mujer. Con ellas tienen diversos proyectos, tanto de formación como de salud. Uno de los más impresionantes es el Proyecto Elikia (‘Esperanza’ en lingala), un programa que trata de implantar un método de diagnóstico precoz y prevención del cáncer de cérvix uterino en un país donde la salud de la mujer es irrelevante. Cada año, Monkole, gracias a las generosas donaciones de los amigos de Monkole, es capaz de ayudar a miles de mujeres.
Compromiso con la escolarización
Y por último, pero no menos importante, está la labor con la infancia. Especialmente sensibilizado con la educación, Amigos de Monkole dedica grandes esfuerzos a escolarizar a niños de orfanatos. En el Congo, más de un millón de niños viven en la calle, abandonados o sin nadie que les atienda. Miles de orfanatos tratan de acoger a todos, pero es tarea casi imposible, y en la gran mayoría de casos, los encargados de los mismos no tienen la posibilidad de llevarles al colegio.
El reto es complicado, pero la Fundación está convencida de que entre todos se pueden cambiar muchas vidas. Sin ir más lejos, este verano han conseguido escolarizar a 40 nuevos niños de la zona que nunca habían podido ir a la escuela, dándoles un sueño por el que luchar y una oportunidad de cumplirlo.
Así, 30 días han bastado para descubrir que, por desgracia, dolor y esperanza, bien y mal, sufrimiento y valor, son términos opuestos pero que en muchas ocasiones conviven demasiado cerca. Porque donde hay dolor, siempre va a haber una luz que ilumine y dé esperanza. Y esa luz en el Congo es Monkole y Amigos de Monkole.
El viaje se ha terminado; la vorágine europea ha vuelto a instalarse en la rutina de quienes han pasado su verano en Monkole, entre ellos, quien escribe humildemente estas líneas, todavía con el corazón encogido por lo vivido. Y aunque la vida vuelve a la normalidad, el corazón no olvida fácilmente: muchos lo han dejado allí (o lo hemos dejado, si me permiten esa forma verbal autorreferencial tan rechazada en periodismo), todavía latiendo por un mundo que hasta hace apenas un mes era desconocido. Porque una vez que conoces el milagro de Monkole, no puedes olvidarte.

