
En los últimos años, los 'wine bars' han encontrado un lugar estable en la oferta gastronómica madrileña. Ya no se trata solo de locales para entendidos o sibaritas, se han convertido en espacios cercanos donde el vino es una experiencia cotidiana, sin necesidad de solemnidades. El vino se abre paso entre charlas informales y platos para compartir.
En esa línea se inscribe Caiño, un vinobar del bulevar de Ibiza que desde su apertura en junio de 2023 ha sabido captar la atención de quienes buscan algo diferente: vinos singulares, cocina sencilla pero sabrosa, y un ambiente sin corsés. Bajo la batuta de Lucía Araque, enóloga de formación y sumiller en la práctica, el local ha construido una propuesta en la que el vino manda, pero no impone.“Me parece que como vino bar que somos es lo más importante”, explica Lucía. “Para mí no se puede ir nadie del local diciendo ‘no he encontrado un vino que me haya gustado’”. Su misión es clara: seleccionar referencias de calidad, accesibles y alejadas de las marcas comerciales, siempre con un criterio personal que mezcla intuición, conocimiento y compromiso con el cliente.
Un bar donde el vino manda
El nombre Caiño hace honor a una familia de uvas gallegas que se cultivan en zonas como Ribeiro y Rías Baixas. “Se puso un poco por sonoridad y también en consonancia con el tipo de vino que nos gusta: fluido, fresco”, dice Lucía. A pesar de que ninguno del equipo es gallego, todos tienen una relación cercana con Galicia, y esa conexión se traduce en la carta: etiquetas de pequeños productores, vinos con poca tirada y elaboraciones que escapan de lo habitual.
La selección por copas es una de las señas de identidad del local con referencias como Peixe de’Astrada, un Ribeira Sacra muy alejado del perfil clásico de la mencía. “Es un vino que tiene mucha más acidez, es más fluido, no tiene la jugosidad que le suele gustar a la gente de la mencía. Y eso es un triunfo, porque tengo gente que viene solo a beberlo”, cuenta Lucía. Otro imprescindible es Aliaxe, un tinto de Rías Baixas que ha estado en carta desde los primeros días y que ella misma reconoce haber repetido “más veces que ningún otro vino en mi vida”.
“Invitados a Catar”: beber, escuchar, aprender
Entre las iniciativas más celebradas de Caiño destacan sus ciclos de catas con enólogos emergentes del panorama vinícola nacional. La idea es sencilla: compartir, catar, aprender. “Las catas ahora mismo están en jueves y sábados”, explica Lucía. “Las de los jueves se llaman ‘Cata’, son seis vinos por unos 30 euros, y duran una hora y media. Los sábados hacemos ‘Cata y moja’ o ‘Cata y queso’, que son cinco vinos y cuatro platillos, o seis vinos y seis quesos, entre 45 y 50 euros por persona”.
Esta fórmula convierte a Caiño en algo más que un wine bar: lo transforma en un espacio de divulgación donde el vino se cuenta tanto como se bebe.
Cocina con carácter: tapeo, tortilla y algo más
La carta de Caiño ofrece cocina informal pensada para compartir: tablas de quesos o embutidos, croquetas de calamares en su tinta, gambones al ajillo con huevo roto y patatas, o una ensaladilla que reconforta. Pero los dos grandes hits de la casa son “La Repolla” (una tortilla de patata con repollo) y la hamburguesa Caiño, servida como un bikini con pan de brioche. “De lo que más prensa se ha hecho ha sido de la tortilla, de La Repolla y de la hamburguesa”, reconoce Lucía.
A ellos se suma ahora una nueva recomendación de la sumiller: el solomillo tornato. “Cogemos el solomillo, lo marcamos, se corta finito, se sirve tibio, y en la base le ponemos salsa tornata, y por encima pimienta, aceite y alcaparrón”, describe.
Sábados sin pausa y precios comedidos
Desde hace poco, Caiño ha ampliado su horario los sábados y abre ininterrumpidamente de 13:00 a 00:00, permitiendo disfrutar del aperitivo o de una comida informal con vino desde mediodía. Todo con un ticket medio de entre 30 y 35 euros por persona, según el vino que se consuma.
Caiño no busca epatar, sino emocionar, sorprender desde la sencillez y fidelizar a través del boca a boca. En un barrio repleto de propuestas, este pequeño vinobar sin pretensiones se ha convertido en un secreto a voces para quienes creen que el mejor maridaje es el de un buen vino, una buena historia y una barra en la que quedarse un rato más.

