La muerte siempre hace trampas, ya lo mostraba El séptimo sello (1957), no importa qué sentido intentes darle a nuestra existencia, que el final es el mismo para todos. Una idea que de alguna manera vertebra todo el significado del cine de terror, encargado de ofrecernos microdosis preventivas de lo que nos espera, activando nuestros sentidos de alerta, pero en última instancia, preparándonos para lo inevitable.
Hay algunas obras que incluso incorporan el conflicto del más allá a su filosofía, no hay más que ver el trabajo de autores como Mike Flanagan, usando a los fantasmas o vampiros como alegorías fúnebres llenas de melancolía.
Sería más extraño atribuirle ese valor a una película como Viernes 13: VIII parte (1989), con Jason visitando Nueva York, pero en realidad no hay una mayor expresión de la futilidad de la vida que ver decapitados a una docena de adolescentes durante una hora y media.
El reciente revival del subgénero slasher, con la vuelta de Scream (2022) o Sé lo que hicisteis el último verano (2025), principalmente se ha centrado más en el quién que en el cómo, buscando desenmascarar culpables, no tanto orquestando esas secuencias de siega de muchachos ligeramente antipáticos, la expresión principal de una saga como Destino Final, que se atrevió a cambiar al psicópata con máscara para poner a la propia muerte a hacer su trabajo.
En realidad, la primera jugaba con truco, al ser una especie de explotación teen de La profecía (1976), en la que los accidentes inexplicables y fortuitos tenían detrás la mano de satanás, pero también se concebían como un rodillo implacable del que no hay forma de escapar. Incluso la tercera parte de James Wong se atrevía a copiarle a Richard Donner la idea de las fotografías premonitorias.
Pero la realidad en ambas sagas es la misma: los asesinatos de un ente invisible responden a una especie de mala suerte absolutamente improbable, la prueba de que, efectivamente, la Parca siempre hace trampas.
Por ello, tras 25 años de desastres aéreos, caos de tráfico, explosiones, aplastamientos y cortes de extremidades, la sexta entrega de la franquicia, Lazos de Sangre, se atreve a jugar al ajedrez con Bergman.
Y no porque se cambien las escenas de matanza por soliloquios solemnes, sino porque, a diferencia de otras “secuelas legado” de la presente invasión de reboots camuflados, esta utiliza el conocimiento del espectador de la saga no tanto como un guiño a la galería, sino como combustible de la paranoia de sus víctimas, convirtiendo la percepción del peligro en un elemento inherentemente metafísico, hasta el punto de que algunos personajes asumen la intrascendencia del final y desafían su miedo a desaparecer.
Esto se asimila incluso mejor en la entrañable última aparición del fallecido Tony Todd, a quien está dedicada la película, donde alienta a disfrutar el momento y no obsesionarse con el posible futuro.
Un emotivo adiós que, de alguna forma, conecta a la perfección con la autoconciencia de la propia entrega de los peligros que rondan a los protagonistas, haciendo un juego de amenazas desternillante, en donde cada clavo o herramienta colgada en un árbol es sospechosa de servir a la muerte como ayuda a sus objetivos, logrando que al salir del cine mires de reojo a ese tiesto que sobresale en la cornisa de en frente.
Y es en esa antelación en donde radica el secreto que hace de sus muertes tan divertidas, no solo porque sean brutas y llenas de gore, sino porque las carambolas que se encadenan tienen tanto ingenio como mala baba, logrando colarse fácilmente como la mejor secuela desde la segunda.
Araña un poco el resultado la concepción visual un tanto descuidada, puede que consecuencia de su concepción inicial para emitir en streaming, aunque se puede también achacar a una bajada de calidad generalizada en Hollywood a causa de pantallas verdes y fondos digitales, lo que destaca sobre todo en la genial premonición inicial, donde más se nota el salto frente a otras Destino Final, cuya adscripción al género no les privaba de espectaculares representaciones de desastres dignas de cine de catástrofes de alto presupuesto.
Un pequeño peaje que no impide disfrutar de sus salvajadas con mensaje, casi una respuesta en la misma frecuencia que la sorprendente The Monkey (2024) de Oz Perkins, cuya concepción de gran guiñol existencial ya se asociaba a maldiciones familiares y compite con esta por la muerte más cafre mientras grita carpe diem.
La diferencia aquí es el sadismo de su anticipación, como un vídeo de prevención de riesgos laborales encabritado, lleno de un humor negro que roza lo incorrecto y deja momentos memorables para los fans veteranos y los nuevos, haciendo por bailar la canción Shout! en grupo lo que Tiburón (1975) hizo por bañarse en la playa.
FICHA TÉCNICA
-
Director:
Zach Lipovsky, Adam B. Stein
-
Género:
Terror
-
País:
EE UU
-
Sinopsis:
Atormentada por una pesadilla violenta recurrente, una estudiante universitaria regresa a casa para encontrar a la única persona que puede romper el ciclo y salvar a su familia del horrible destino que inevitablemente les espera.
-
Guion:
Guy Busick, Lori Evans Taylor, Jon Watts -
Reparto:
Brec Bassinger, Richard Harmon, Tony Todd -
Duración:
110 min. -
Distribuidora:
Warner Bros. -
Estreno:
16 de mayo

