Mucho drama, poco programa | Columna de JL Saldaña

Mucho drama, poco programa | Columna de JL Saldaña

Algunos andan muy nerviosos con las filtraciones. Los que atacan se escandalizan mucho y los que defienden van con todo y quieren dejar muy claro que no hay nada importante. Más allá de la anécdota y el conocimiento del medio, este folletín nos puede servir como una radiografía de la época política que vivimos: los partidos se debilitan en su interior mientras sus fieles se fanatizan. No hay estructuras internas sólidas, no hay mecanismos de control democráticos, no hay primarias reales, pero sí hay ejércitos de partidistas dispuestos a defender lo indefendible o a destruir lo defendible, según toque. Se ha roto el equilibrio entre la organización y la militancia, y el resultado es un sistema político mucho más polarizado.

Hace tiempo que la politóloga norteamericana Julia Azari identificaba esta situación en un artículo de la revista política norteamericanaVox -no se asusten- titulado “Los partidos débiles y los partidistas fuertes son una mala combinación”. Esta paradoja se hizo especialmente visible en EE. UU. durante el primer mandato de Trump, cuando el Partido Republicano se volvió incapaz de frenar o moderar a un líder que galvanizó a las bases sin atender a las reglas internas del partido. Es un mal de la política contemporánea y en España también pasa.

Este fenómeno no se corrige con un simple cambio de caras. Ya hemos hablado de que estamos estropeando las reglas del juego. No es una cuestión de nombres, sino de estructuras. Si los partidos renuncian a los procedimientos democráticos internos —como la celebración de primarias abiertas y competitivas— y se convierten en artefactos de propaganda donde todo gira en torno al líder, lo que obtenemos son máquinas de lealtad ciega, no de deliberación política. No hay más que ver los sonrojantes y pelotas mensajes de Ábalos para entenderlo.

Hemos perdido la capacidad de exigir un mínimo de democracia dentro de las estructuras políticas. Y así, la polarización no solo crece, sino que se hace más estéril: todos gritan, pero nadie discute de verdad.

En lugar de debatir abiertamente las decisiones del partido o los principios ideológicos que deberían regirlo, lo que tenemos es una guerra de filtraciones, venganzas personales y fidelidades mutantes. Es la lógica de la telenovela aplicada a la política: mucho drama, poco programa. Lo más preocupante no es que estas cosas pasen, sino que ya no escandalizan a casi nadie. La ciudadanía está acostumbrada a que los partidos se comporten como clubes privados o como series malas de Netflix. Hemos perdido la capacidad de exigir un mínimo de democracia dentro de las estructuras políticas. Y así, la polarización no solo crece, sino que se hace más estéril: todos gritan, pero nadie discute de verdad.

En un sistema donde los partidos no funcionan como espacios de deliberación sino como instrumentos de control, los más fanáticos acabarán tomando el poder porque son los que cumplen con el retrato robot del caudillo impasible o del frío y loco iluminado. No es nuevo. Y cuando los partidos ya no mandan, solo queda el enfrentamiento directo entre trincheras. La política se convierte entonces en una guerra de identidades, no en un debate de ideas.

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