El largo camino a Santa Maria Maggiore, lejos de San Pedro

El largo camino a Santa Maria Maggiore, lejos de San Pedro

Cuatro son los kilómetros distantes entre la Basílica de San Pedro y Santa María la Mayor, el lugar escogido por el Papa -hace algunos años- para su sepultura, que tendrá lugar en los próximos días en un Roma sacudida por la noticia, y que ahora navega entre el caos, el desconsuelo y la tensa calma. 

No es un rincón cualquiera esa zona del Esquilino, donde emerge una de las cuatro basílicas papales de la urbe. Además, el lugar que acoge la sepultura de Gian Lorenzo Bernini y donde un rico patricio romano y su mujer -ante la imposibilidad de tener hijos- decidieron construir una iglesia dedicada al icono mariano. La leyenda quiso que fuera precisamente ahí porque María -quien apareció en el sueño de una noche de agosto (año 352 d.C.)- les informó que un milagro indicaría el lugar preciso. La ciudad se descubrió nevada en ese punto concreto. Era un tórrido y sofocante día de verano. Lejos, muy lejos, de este totémico 21 de abril de 2025, la fecha del adiós definitivo de un Papa arribado desde un lugar remoto que le ha dado nombre a través de su magisterio. 

Es curiosa la contradicción. Y es que si Ratzinger nació póstumo, Jorge Bergoglio ha fallecido un día que rezuma a resurrección y fiesta (Il Natale di Roma; cumpleaños de la ciudad). Sí, el lunes que cerraba la Semana Santa era el mismo que daba comienzo a los preparativos para su entierro, que por petición propia será con un rito simple y abreviado (atuendos sacros, único ataúd y sin catafalco) acorde a su índole reformista, austera y práctica. 

Ahora las etapas aparecen marcadas en rojo y fuego. Aunque todo podría variar en cualquier momento, está previsto el féretro para la misa fúnebre en la Plaza de San Pedro entre el cuarto y sexto día del famoso período Novendiale, un término que viene del latín y describe los nueve días que dura el funeral. Nueve días de misa solemne y rezos en el corazón del Vaticano mientras el Colegio Cardenalicio proveerá a la destrucción del Anillo del Pescador, símbolo del poder Papa. Una vasta ceremonia celebrativa que precede al cónclave, y que sirve para ganar tiempo mientras purpurados de todo el mundo (Mongolia, La India, zonas de África…) van llegando a Roma progresivamente.  

Simbiosis con la Madonna

La praxis establecida para la preparación de la salma ya está en marcha. El mundo católico se prepara para el último y dilatado saludo al Obispo de Roma, siempre según los cánones regidos por la Universi Dominici Gregis, constitución apostólica promulgada por Juan Pablo II para la sede vacante. 

Así bien, el ya difunto Papa argentino pone rumbo, pues, al viaje iniciático que siempre soñó, y que para sostenerlo en carreteras secundarias tuvo incluso que modificar el Ordo Exsequiarum Romani Pontificis. Deberá atravesar el Tíber y recorrer, ya desde una esfera físico-divina, esos cuatro kilómetros hasta alcanzar la otra basílica, esa que amó, mimó, agradeció y visitó desde siempre. Desde que vivía en Buenos Aires hasta la última vez, poco después de abandonar el Policlínico Gemelli muy mermado tras mes y medio ingresado. El largo y último camino de Francesco, en pocos días, se antoja el más complicado y reconfortante. Por liberatorio, místico y eterno. 

Lo hará desguarnecido de exequias, con la veste más de un Pescador que de un jerarca. Fotografía de su impronta y del extremo saludo que terminará con Bergoglio no en las grutas vaticanas (todos los Papas del siglo XX están allí) sino en la ansiada Santa Maria Maggiore, junto a otros homónimos más lejanos en el tiempo, como Pío V, Sixto V, Pío IX o Clemente VIII, entre otros. “Se lo prometí a la Virgen”, expresó en 2023. Ella le espera y custodia el espacio en una pequeña nave izquierda, donde en la Navidad de 1538 San Ignacio de Loyola (fundador de los Jesuitas) celebró su primera misa. Era el lugar donde ya acudía como cardenal cada vez que le tocaba venir a Roma cruzando el Atlántico. Sí, efectivamente Bergoglio fue un ferviente devoto de la Salus Populi Romani. Por eso ha querido unilateralmente que sus destinos se junten para siempre haciendo caso omiso a cualquier letra pequeña.

El testamento

Francesco se va casi sin marcharse, porque su mensaje resuena con fuerza aún. Deja una revolución abierta en un año Santo. También muchas certezas, aunque envueltas en centenares de misteriosos asteriscos que subyugan el rumbo eclesiástico, entre espinas, cuervos conspiradores, fake news y una amenaza lacerante de secularización. 

Está por ver, incluso, quién cerrará la Puerta Santa que él mismo abrió el 24 de diciembre de 2024 tras firmar la Bolla d’Indizione. Aunque la historia eclesiástica ha protagonizado varios casos similares, es inevitable rescatar el de 1700, cuando Inocencio XII aun estando gravemente enfermo un día de Pascua impartió una bendición solemne desde el balcón. Su fallecimiento llegó en septiembre, y la ceremonia de clausura de ese año Jubilar corrió a cargo de Clemente XI. Fue la primera vez que la Puerta Santa la abrió un Papa y la cerró otro. La historia puede volver a repetirse. “Rezad por mí”, dijo en su primera bendición Urbi et Orbi asomado a una plaza abarrotada cuyas columnas ceñían el obelisco, otrora en el circo de Nerón. Columnas de Bernini, para más seña. 

Ahora ambos se encontrarán allí. Su Santidad y el genio barroco. Esto dejó escrito y firmado Francesco el 29 de junio de 2022. Era su testamento de muerte: “Mi vida y el ministerio sacerdotal y episcopal siempre lo entregué a la Madre de Nuestro Señor, María Santissima. Por eso pido que los restos mortales descansen, esperando la Resurrección, en la Basílica Papal Santa Maria Maggiore. Deseo que mi último viaje terreno concluya en este antiquísimo santuario Mariano donde iba a orar en cada inicio y final de los viajes apostólicos para dejar en manos de la Madre Inmaculada todas mis intenciones, agradeciéndola así por el dócil cuidado materno”.

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